Se ha extendido la creencia de que los museos son a los turistas lo que el queso a los ratones. A partir de ahí, la veda está más que abierta y no queda en España una localidad de más de quince habitantes que no disponga de su museo de arte moderno.
Lo curioso es que a veces los museos absurdos triunfan y los que parecen sensatos no salen adelante. Al Museo Marítimo de Bilbao le ocurre algo de eso. Sobre el papel, parecía una apuesta segura: unas instalaciones estupendas, buena ubicación y un tema atractivo y relacionado con la historia de la zona. Sin embargo, dos años después de su inauguración, el concejal de cultura del Ayuntamiento ya diagnosticaba su situación como «muy grave». Desde entonces, y pese al éxito de algunas exposiciones puntuales, no parece que el museo haya logrado crecer y ocupar un lugar importante en el paisaje de la ciudad.
Quizá el Museo Marítimo no termina de funcionar porque no dispone de un potente mecenas privado. Tal vez lo que ocurre es que las instituciones no se han involucrado lo suficiente, que la colección no es demasiado atractiva o que no se ha conseguido contar con la presencia fija de uno de esos grandes barcos que suelen constituir el principal atractivo de esta clase de museos. En cualquier caso, uno pasea por el muelle Ramón de la Sota y no sabe si lo que tiene delante es un museo o una oportunidad perdida.
Ahora hay ruido de sables en cubierta. El capitán Garay deja la nave y los mandamases hablan de un plan de remodelación. Sería una lástima que todo quedase en nada y que la institución terminase naufragando en las procelosas aguas de la política cultural. Ojalá lleguen tiempos mejores para el Museo Marítimo. Este cronista conserva un gramo de confianza en la especie humana y se resiste a creer que sus semejantes prefieran pagar por ver un Tàpies que por admirar un velero de tres mástiles.





