Hay ruidos urbanos que no queda más remedio que aguantar, como el del tráfico y los de las obras, pero hay otros muchos evitables o que se pueden minimizar. Tomo como ejemplo exportable de zona gratuitamente ruidosa mi barrio, el Casco Viejo de Bilbao, la 'kasbah'. Es un núcleo comercial y con muchos bares y restaurantes, lo cual siempre acarrea bullicio, es lógico. Pero a cambio lo compensaría el que es una zona peatonal sin ruido de coches, en principio.
El primer y mayor tormento acústico de este barrio se debe al servicio de limpieza municipal. El Casco Viejo está muy limpio, es cierto. Pero a qué precio. No tiene sentido que las ordenanzas vigilen con escrupulosidad el horario nocturno de bares y terrazas cuando, después, grandes camiones de basura rugen a altas horas, los empleados gritan y silban como si en vez de trajinar con basura lo hicieran con un rebaño de ovejas y sobre todo, lo peor, esos monstruosos vehículos recorren grandes tramos de calle marcha atrás, la cual, en cuanto se mete -la marcha atrás-, suena un claxon o un pitido mientras dura el retroceso. Más aún molestan las constantes barredoras, cuyo volumen de decibelios dudo mucho que esté por debajo de lo permitido.
Otro calvario lo suponen los músicos y cantantes callejeros. Siempre los hay en los barrios antiguos, no me quejo de eso. Pero por los dioses, que se prohíba el que usen amplificadores; y que se veden gaitas y txalapartas en concepto de armas de destrucción auditiva.
Y el ruido desconsiderado, evitable y regido por la mala educación de buena parte del paisanaje. Imposible de abarcar en un listado por su amplitud y variedad. El papá que le compra al niño una corneta; el grupito que a la puerta de un bar habla a gritos, como si sus integrantes estuviesen repartidos por distintos montes y necesitasen bramar para entenderse -esto será por reminiscencias del pasado mítico-; tiendas con música a todo volumen que se escapa a la calle; y en general, las expansiones sonoras que a cada quisqui le salga de la entrepierna imponer a los demás en cualquier momento o lugar y que sólo parecen irritar a una minoría de neuróticos como el arriba firmante. A ver si dentro de poco, ya desquiciado del todo, comienzo a oír voces sólo dentro de mi cabeza y tengo la suerte de que hablen bajo.











