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Horroroso ruido
30.04.08 -

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Será que me estoy haciendo viejo y ya no me aguanto ni a mí mismo, pero el altísimo nivel de ruido en nuestras ciudades me resulta cada día más insoportable. Al parecer, sólo los japoneses nos superan en fragor. Lo cual, en el caso de los nipones, tiene su lógica porque son un montón, les gusta demasiado el 'karaoke' y viven hacinados en unas islitas en las que ya no caben ni de pie. Pero aquí, ¿por qué? Con la de sitio que hay en Soria.

Hay ruidos urbanos que no queda más remedio que aguantar, como el del tráfico y los de las obras, pero hay otros muchos evitables o que se pueden minimizar. Tomo como ejemplo exportable de zona gratuitamente ruidosa mi barrio, el Casco Viejo de Bilbao, la 'kasbah'. Es un núcleo comercial y con muchos bares y restaurantes, lo cual siempre acarrea bullicio, es lógico. Pero a cambio lo compensaría el que es una zona peatonal sin ruido de coches, en principio.

El primer y mayor tormento acústico de este barrio se debe al servicio de limpieza municipal. El Casco Viejo está muy limpio, es cierto. Pero a qué precio. No tiene sentido que las ordenanzas vigilen con escrupulosidad el horario nocturno de bares y terrazas cuando, después, grandes camiones de basura rugen a altas horas, los empleados gritan y silban como si en vez de trajinar con basura lo hicieran con un rebaño de ovejas y sobre todo, lo peor, esos monstruosos vehículos recorren grandes tramos de calle marcha atrás, la cual, en cuanto se mete -la marcha atrás-, suena un claxon o un pitido mientras dura el retroceso. Más aún molestan las constantes barredoras, cuyo volumen de decibelios dudo mucho que esté por debajo de lo permitido.

Otro calvario lo suponen los músicos y cantantes callejeros. Siempre los hay en los barrios antiguos, no me quejo de eso. Pero por los dioses, que se prohíba el que usen amplificadores; y que se veden gaitas y txalapartas en concepto de armas de destrucción auditiva.

Y el ruido desconsiderado, evitable y regido por la mala educación de buena parte del paisanaje. Imposible de abarcar en un listado por su amplitud y variedad. El papá que le compra al niño una corneta; el grupito que a la puerta de un bar habla a gritos, como si sus integrantes estuviesen repartidos por distintos montes y necesitasen bramar para entenderse -esto será por reminiscencias del pasado mítico-; tiendas con música a todo volumen que se escapa a la calle; y en general, las expansiones sonoras que a cada quisqui le salga de la entrepierna imponer a los demás en cualquier momento o lugar y que sólo parecen irritar a una minoría de neuróticos como el arriba firmante. A ver si dentro de poco, ya desquiciado del todo, comienzo a oír voces sólo dentro de mi cabeza y tengo la suerte de que hablen bajo.
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