Hace unos cuantos días ese novato fui yo. Tuve que utilizar el tren de Santurtzi y acudí por primera vez desde hacía ya muchos años a la estación de enlace de San Mamés para ir hasta esa villa marinera que se ha hecho famosa por sus sardinas asadas. Y como yo tenía ya mi experiencia como usuario de las expendedoras del metro, creí que no tendría problemas con la expendedora del tren.
Estoy seguro de que la máquina me vio llegar con mi cara de pardillo y se dijo muy divertida: «A éste se la juego». Y ya lo creo que me la jugó. Metí mi moneda de dos euros, pulsé los botones correspondientes y nada. La máquina muy divertida se quedó con mi moneda y a mí me dejó a cambio dos palmos de narices.
Acudí donde la encargada que estaba detrás de un ventanillo de cristal y la señorita muy amable salió, cerró su chiringuito y me acompañó hasta la máquina guasona. La abrió, miró por todos sus entresijos pero mis dos euros no aparecieron. Como explicación me dijo que, probablemente, se los habría devuelto al siguiente usuario.
Afortunadamente no perdí los dos euros, porque la encargada, en su rastreo por los mecanismos de la maquinita guasona, encontró una moneda de un euro que andaba por allí perdida y considerando mi posición de víctima propiciatoria, me la entregó como premio de consolación.
Resumiendo que es gerundio: la maquinita guasona se lo pasó pipa tomando el pelo a un servidor, un servidor tuvo que pagar 2,40 euros por un billete que valía 1,40 y la clienta que la utilizó después de un servidor se encontró con mis dos euros como propina.
No me molestó en absoluto perder un euro, porque pienso que con ello animé el viaje a una colega desconocida que se encontró con una propina inesperada y eso siempre reconforta un poco. Lo que me escoció fue el cachondeo de la maquinita.





