
Es difícil escoger entre las actividades e intereses intelectuales de Henrike. A mí me corresponde subrayar su labor en Euskaltzaindia, donde ocupó distintos puestos de responsabilidad y gobierno, así como su labor en la Comisión de Onomástica y en la edición de textos de interés filológico para el euskera.
Landázuri, Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, Sociedad de Estudios Vascos... he ahí otros jalones de su actividad intelectual y social, como hombre comprometido con el país, con un compromiso democrático y liberal. Ése era el tono que utilizaba en sus artículos de EL CORREO que periódicamente nos trasmitían sus reflexiones sobre el ser y el sentir de nuestra sociedad.
Se nos ha ido también aquel Henrike Knörr abierto al mundo, auténtico embajador de la cultura vasca, aunque a veces, todo hay que decirlo, no demasiado comprendido. Los que hemos tenido ocasión de compartir su pasión por la lengua y cultura catalana o por la historia de los Albret sabemos de esto, especialmente en aquellas jornadas de Aramaio de tan grato recuerdo.
Henrike, sin embargo, nos exige mirar al futuro y seguir interesándonos por el trabajo académico, por la continuidad del euskera, por la apertura al mundo. A pesar de que ya no recibiremos más sus correos en latín, sabemos que su obra está ahí, que nos la ha dejado. Pronto verá la luz un tomo con actas de las jornadas de Onomástica y Toponimia de Euskaltzaindia que él preparó y que será, no lo dudo, nuestro homenaje de cariño a su figura, a la figura del amigo leal y sabio que fue para nosotros Henrike Knörr.
Nos deja también la fuerza de la convicción, la fuerza de su creencia de que el euskera y la lengua vasca, por encima de discriminaciones e imposiciones, forman parte de esa cultura con letras mayúsculas que nos hace a las personas de este país más libres y solidarias.
Henrike adiskidea: Euskaltzaindia egiten dugun guztion izenean, adiorik ez, gero arte baino.






