
Querer correr mucho incluye riesgos. Uno puede desfondarse por calcular mal su reserva de fuerzas, trompicarse o tropezar por falta de sincronización en el movimiento, sufrir una crisis por un mal cálculo en el ritmo a emplear. Son carencias difíciles de ver en el iurbentia. No así en sus rivales. El Fuenlabrada -si alguien esperaba lo contrario o miente o de esto controla más bien poco- quiso despedir la liga en su Fernando Martín a golpe de triple. Con las piezas de bollería industrial con que agasaja a sus aficionados, incluía fichas para la feria de tiro. Sus jugadores salen a la pista con la carabina cargada y un puñado de balines en la boca, que es como se hacían las cosas antes, cuando las barracas parecían dotadas de mayor autenticidad. La lista de participantes, interminable. Chris Hernández, Saúl Blanco, Marko Tomas, Salva Guardia, Jorge García, José Antonio Paraíso, Ferrán López, Vuk Radivojevic. Así, con nombre y un apellido, en plan oficial.
El resto, imaginable. Aparece el patito y fuego a discreción. Con las primeras filas, los fuenlabreños hicieron una escabechina. No se despegaban de las imaginarias equis marcadas en el parqué y desde ellas, con mayor o menor ortodoxia, sumaban de tres en tres para solaz de su ruidosa parroquia. De lo otro, de jugar al baloncesto, ni 'mu'. Buscar variedad en los sistemas, meter algún balón dentro, provocar los cambios defensivos... un desierto táctico inhabitual en Luis Casimiro. Bien es cierto que las pocas veces que intentaron jugar de cara en las distancias cortas acabaron escarmentados a pescozones. Porque la defensa de este iurbentia sigue sin hacer prisioneros. Es feroz. Tanto que llega a asustar muchas veces con sólo ponerse en guardia. Las ayudas, la intimidación de los postes, mantener los pies pegados al suelo pese a las andanadas recibidas, son argumentos inquebrantables que explican por qué Txus Vidorreta ha armado la empalizada más resistente en la ACB.
Sabiendo eso, el iurbentia fue poco a poco esmerándose en la cercanía a los tiradores. Los portadores de las chimberas ya no las tenían todas consigo. Ya no miraban a la galería con altanería y lo hacían al rabillo del punto de mira no sin preocupación. Y los de La Casilla, a lo suyo. Cuadrilla de profesionales en la que cada uno sabe a qué gremio representa, siempre con la consigna de que el resultado final, la obra entregada al cliente, es la que calibrará la calidad de la faena. Desde la pareja de bases, de nuevo buscada por el técnico de Indautxu como desatascador tanto en organización como anotación, a sus acompañantes exteriores. Ver a Recker contestar casi él solito el discurso triplista fuenlabreño fue una bendición para los sentidos. Lo mismo que presenciar cómo capturaba los últimos cuatro rebotes defensivos de la noche, provocados por la desesperación de los madrileños. Igual que comprender la importancia de Marko Banic cuando renquean sus compañeros -Weis padecía una conjuntivitis- en la zona pintada de un color ajeno al resto de la pista, señal inequívoca de que allí todo es distinto.
Mientras unos actuaron como escopeteros -los locales- quienes les rendían visita tuvieron paciencia de santo para saber cuándo apretar el gatillo. Todo fue telegrafiado. Lo que intentaron los fuenlabreños y lo que les salió a los vizcaínos. Mientras los talluditos integrantes de la franquicia del sur de Madrid se dieron de bruces con la realidad, a los próximos integrantes del 'play-off' les salió a cuenta todo el trabajo acumulado. Por eso está cada uno donde está. Bueno, no todos. Luis Casimiro anunció a la conclusión del partido que no seguirá como entrenador del Alta Gestión Fuenlabrada. Entiende que tras cuatro años cierra un productivo ciclo que será otro técnico el encargado de evolucionarlo.







