El primer paso es descargar culpas. «Austria no es el perpetrador de los crímenes. Se trata (el del 'monstruo de Amstetten') de un caso criminal inconmensurable, pero también aislado». El segundo, sacar pecho. «No permitiremos que el país entero sea el rehén de un solo hombre». Y el tercero, todo por la patria. No se reparará en gastos. Gusenbauer desveló que planea contratar a asesores para poner en marcha la campaña. «Utilizaremos todos los medios técnicos y profesionales disponibles para rectificar» la imagen de Austria.
Políticos cuestionados
Pero los intentos, por muchos que sean, no disiparán el hedor de la podredumbre que se ha almacenado en el subsuelo de una ciudad austriaca durante veinticuatro años. Ni evitará que cada vez con más intensidad se cuestione la capacidad de los gobiernos que no han impedido hechos tan pavorosos.
Nadie vigiló a Josef Fritzl pese a que fue acusado por una compañera de violación, y ayer trascendió el caso de otra mujer que asegura haber sido agredida sexualmente por el jubilado-carcelero. O ¿por qué la inspección que realizaron los bomberos en 1999 de la casa donde se ocultaba el zulo no detectó nada raro?
Seguramente, nadie cuestionará la iniciativa de Viena para que el turismo no tache de su guía de viajes los parajes y ciudades austriacas. Pero la campaña tampoco tapará la grave ceguera de las autoridades sobre el terrible caso de Amstetten.







