
Un universo de esperanza, una segunda oportunidad, a la que este colectivo de desposeídos que vio quemar a los suyos en las incineradoras, respondió con inusitado dinamismo. Una vibrante energía interior, enfocada a la creación del Estado, y dentro de él al desarrollo del diseño industrial, el cine, la moda, la literatura, las artes gráficas. Hasta el punto de que, buena parte de los nombres que han liderado estos campos en las seis décadas de existencia de Israel, son de hecho supervivientes del holocausto.
En medio de las luctuosas ceremonias que, como cada año, arrancaron ayer en Jerusalén en memoria de las víctimas de los campos de concentración, y continuarán hoy cuando las sirenas paralicen durante dos segundos toda la actividad del país, una muestra feliz y colorista recordará en el corazón del agónico Museo del Holocausto el conmovedor despertar de los que sobrevivieron. Su título: 'Mi patria: Supervivientes del holocausto en Israel'. «En la historia de la inmigración -señala Hanna Yablonka, consultor histórico de la exposición-, no hay ninguna comparable a la de los supervivientes que llegaron a vivir a Israel. Raras veces, si es que existe, un grupo de inmigrantes ha tenido un impacto tan profundo en una sociedad, y ha participado tan rotundamente en trazar su curso».
Integración
Montada sobre andamios -«que representan su integración en el proyecto constructor de Israel», explica la comisario, Yehudit Shendar-, la muestra exhibe las amarillentas hojas donde el también húngaro Efraim Kishon aprendió a escribir sus primeros torpes renglones en hebreo, llenos de tachaduras. Como la mayoría, cuando huyó del campo de exterminio de Sobibor, en Polonia, y llegó a Israel no conocía el idioma. Pero acabó convirtiéndose en uno de los escritores satíricos más importantes del mundo. Escritor en hebreo. Publicó más de 50 obras, hoy traducidas a 37 lenguas, ganó 3 globos de oro, sus 'Historias familiares de Kishon' es el libro más vendido en hebreo tras la Biblia.
Una radio repite las canciones compuestas por esta comunidad, que se convirtieron en himnos. Una proyección muestra las coreografías maestras que Yehudit Arnon (Checoslovaquia, 1936), soñó en el campo de exterminio de Birkenau, y con las que luego deslumbraría al mundo. «Giran en torno a la idea de que hay que seguir viviendo», confiesa. No muy lejos, están los trajes de baño que la húngara Lea Gottlieb exporta a más de ochenta países. Su empresa, Gottex, es emblema del éxito empresarial israelí y sus piezas estampadas un homenaje a las flores con que su creadora acostumbraba a cubrirse la cabeza para evitar ser reconocida como judía por los alemanes.
Miles de supervivientes todavía luchan en Israel por una pensión para llegar a fin de mes. Aún hoy, cuando ese mismo Estado está a punto de celebrarse por todo lo alto a sí mismo y a la identidad que aquellos inmigrantes ayudaron a fraguar.







