
«Al final, lo importante es que están en casa. Pero en aquellas aguas todavía sigue faenando otra veintena de pesqueros vascos que carecen de protección», comentó un jubilado que regresaba a puerto en su embarcación de recreo. En las inmediaciones de las viviendas de Juan Pedro Sesma e Iñaki López, la tranquilidad de la jornada sólo se vio interrumpida esporádicamente cuando algunos vecinos formaban corrillos a la espera de su llegada.
«Pobres hombres, encima que van a miles de kilómetros a ganarse el pan, tienen que pasar por esta desagradable experiencia», apuntaba un ama de casa. «Pero, ¿qué pasa con los que están allí? ¿Y si mañana volvemos a estar igual?», reiteró. Para abrazar a los suyos, los familiares más directos de los marineros liberados optaron por la privacidad del hogar. El gernikarra Gotzon Clemos, antes de refugiarse en casa, visitó el restaurante que su cuñado regenta en Forua para rematar con un brindis el final de la pesadilla.
El marino guipuzcoano Jaime Francisco Candamil y su compañera Fátima trataron de recuperar la serenidad a su llegada al domicilio familiar de Pasaia. El joven Mikel Arana, por su parte, tomó rumbo a Mondragón en su propio vehículo, acompañado de su familia. De esta manera, finalizaba la historia de un secuestro que ha mantenido en vilo a cientos de familias vascas, que cuentan con parientes o conocidos enrolados en los atuneros de alguna de las empresas bermeotarras que faenan en el océano Índico.







