A la mayoría de los afectados, los primeros requisitos impuestos por la Administración vasca les parecieron un ejemplo de cicatería. Apenas se presupuestaron 3,6 millones de euros para las ayudas, y el plazo concedido al principio para reunir la documentación convertía esa tarea en una misión imposible para las personas de avanzada edad.
Muchos de los represaliados se sintieron heridos porque el Gobierno vasco había seguido el ejemplo de la Administración central y había negado inicialmente las indemnizaciones a las personas enviadas por Franco a los batallones de trabajo. Oficialmente, se les consideraba reclutas del bando perdedor que hicieron una mili más larga.
Sin embargo, la presión de los afectados, los debates en el Parlamento vasco y la intervención del Ararteko obligaron al Gobierno vasco a considerar los trabajos forzados como instrumentos de la represión franquista, un criterio avalado por los historiadores y reconocido por el Tribunal Constitucional.
A partir de 2006, la consejería de Madrazo se volcó en la revisión de unos 800 expedientes que había rechazado con anterioridad. También presupuestó mucho más dinero y aceptó que el plazo para presentar documentos fuera indefinido. Los esfuerzos por recom- poner la situación fueron decididos, aunque, para entonces, algunos represaliados ya habían fallecido.







