
Johnson, de 43 años, divide a los británicos. Quienes le han visto en programas de televisión, con su aire y habla desordenados, creen que es una parodia excéntrica del hombre británico de clase elevada. Gente de su partido, como Simon Heffer, periodista conservador, lo describen con términos más duros. «Johnson no es un político, es una farsa».
Heffer lo describía así ayer, en el día de la elección de Johnson, en el semanario 'The Spectator', que el alcalde dirigió unos años, antes de comentar a un amigo que dejaba el periodismo por la política, «porque a los periodistas no les levantan estatuas».
Como director del semanario conservador, Johnson tuvo que viajar a Liverpool y pedir disculpas porque había criticado a los habitantes de la ciudad, que habrían mostrado, tras el asesinato del secuestrado Bigley, un exceso de sentimentalismo.
Antes de ser famoso, se educó en Bruselas y en Eton, perteneció en Oxford, junto a David Cameron, al Club Bullingdon, formado por estudiantes que se reúnen en un gamberro y alcohólico banquete en algún restaurante que recordará con pesar su paso y afortunados por poder pagar 5.000 euros por el uniforme del club -frac, solapas de color marfil, chaleco de color mostaza, botones con monograma individual-, y fue despedido de 'The Times' por inventarse una cita.
La fama le llegó como corresponsal del 'Daily Telegraph' en Bruselas en el momento álgido del euroescepticismo británico. Se había educado allí, donde su padre trabajó para la Comisión Europea. El corresponsal que, en sus tiempos de Oxford, se declaraba socialdemócrata, era el adalid de los eurófobos.
Inmortalidad
En aquella época, su amigo Darius Guppy, que estaba siendo investigado por un fraude de seguros, por el que fue finalmente encarcelado, le llamó para pedirle la dirección de un periodista que investigaba el fraude y al que quería intimidar. Johnson se la dio tras preguntar lo que le ocurriría al periodista. Algún ojo morado, alguna costilla rota, le dijo Guppy. Johnson le dio la dirección.
Desde entonces, su progreso hacia la inmortalidad estatuaria es notable. El ex líder conservador Michael Howard le despidió del Gobierno en la sombra, tras mentir sobre un romance adúltero, pero su amigo Cameron le lanzó como candidato a la alcaldía de Londres. A lo largo de la campaña, sus asistentes le han mantenido lejos de los periodistas y él, pródigo en chistes racistas, se ha limitado a mostrar que no sabe muy bien los detalles o la financiación de su propio programa.
La gran victoria de los conservadores de David Cameron en las elecciones municipales de ayer se selló, en la última hora de la noche, con la conquista de la alcaldía de la capital. A partir de ahora, todo puede empeorar.
Johnson, el bufón en el clan de Oxford, en la corte de Cameron, su amigo íntimo, es, desde hoy, el líder cívico de la capital, al que los conservadores temen. A quien quieren callar.







