
-Vitoria acaba de estrenar nueva postal. ¿Ha ganado en fotogenia la plaza de la Virgen Blanca?
-Mucho. Se ha recuperado un espacio muy delicado con una intervención muy acertada. Habrá gente a la que no le guste, pero si se usa, habrá sido un éxito porque cumplirá su función. Y hay visos claros de que será así.
-Funcional, sí. ¿Y estética?
-Ha quedado una plaza muy limpia, pese al monumento. Creo que, ahora, tras la reforma, resulta más evidente que sobraba. Estoy seguro, incluso, de que mucho aquellos que se oponían a que se retirara -por puro miedo al cambio- pensarán lo mismo. Porque queda ridículo. Aun así, y con ese condicionante, el autor del proyecto se las ha arreglado para restarle protagonismo en favor de las fachadas y los miradores que rodean la plaza.
-La baldosa se ha comido todo rastro de jardín. ¿Los añora?
-El 'verde' funciona como una especie de alfombra. Da un aspecto más acogedor pero, a menudo, no se puede pisar... En este caso se ha optado por introducir fuentes como elemento natural.
-El conjunto, ¿le gusta más a la luz del día o a la luz de los focos nocturnos?
-De noche sólo lo he visto en foto y los colores me llamaron un poco la atención... Tengo que verlo para opinar.
-Los polémicos escalones han provocado más de una caída entre los transeúntes. ¿Son una solución acertada para salvar el desnivel?
-Justamente hoy lo he comentado con mi padre y me ha dicho que no entiende por qué la gente se cae. Las zonas de paso están bien delimitadas. Es una zona nueva y tal vez la gente va más despistada. Supongo que es cuestión de hacerse a ella.
-¿Ningún 'pero' entonces a la reforma?
-Sí, el tráfico. Imagino que no resultaba fácil eliminarlo, pero tenía que haber alternativas. Que se remodele la plaza más importante de Vitoria y que pase por medio un autobús... Resulta chocante. Yo habría hecho todo lo posible por sacar de ahí la circulación.
-El Ensanche languidece por la expansión de la ciudad. ¿Impulsará la nueva plaza la reconquista de su antiguo papel estelar?
-Antes había veces que daba incluso miedo pasar por allí. Ahora es una zona más abierta, amplia, luminosa... Se ha dado un espacio a las cafeterías y a los comercios, y eso creará, sin duda, movimiento y generará actividad a su alrededor. Pero, sobre todo, ¿por fin se ha hecho algo!
-¿Qué quiere decir?
-Pues que ha costado lo suyo. Primero, que si un concurso, luego, debate sobre monumento sí o monumento no... La participación ciudadana es imprescindible, pero hay que limitarla. En ciertos aspectos son los profesionales los que tienen que tomar las decisiones porque son los entendidos. Me pone muy nervioso todo lo que ha pasado con la plaza, el auditorio... No puedo creer que haya tantas discrepancias dependiendo de quién gobierne. Debe haber un proyecto común y global, una base de consenso, y seguir esa línea, de forma que se acabe con el 'yo propongo y tú despropones' en una ciudad con miedo a cambiar y que se está quedando muy rezagada.
-Ahora parece que hay cierta estabilidad con la mayoría oficiosa sellada entre el PSE y el PNV...
-...Yo creo que están en un continuo cambio de cromos. No me convence.
-Cerca ya de que el nuevo gobierno cumpla un año de mandato, ¿no nota nuevos aires en la ciudad?
-No. Creo que es un mal generalizado, pero echo en falta que los políticos hagan más caso a los técnicos, a los profesionales, que en esta ciudad hay y muy buenos. Porque las ciudades no se hacen en cuatro años. Y hay decisiones que no se pueden tomar tan a la ligera y de forma tan 'cortoplazista'.
-Hablemos del Casco Medieval. Usted ha diseñado un restaurante en la plaza del Machete y acaba de renovar el Toloño. ¿El sector hostelero del barrio se ha puesto las pilas o se trata de casos aislados?
-Se tienen que poner las pilas y creo que se están dado cuenta de que hay que dar una vuelta a los locales. Hay cierto movimiento y se va a ver más. La reforma de la plaza de la Virgen Blanca revitalizará los alrededores y animará la zona.
-¿Es eso suficiente para integrar el barrio en la ciudad?
-En absoluto. Para que eso ocurra, la rehabilitación social y la urbanística deberán ir de la mano. Y en cuanto a la primera, es imprescindible hablar con los vecinos para saber qué necesidades tienen.
-¿Por dónde empezaría usted?
-Es complicado saberlo y, desde luego, va a resultar un reto muy, muy complejo. Porque hay que vendérselo a los de fuera y también a los de dentro.
-Es un barrio de grandes dimensiones, ubicado en una colina, que acoge a gran parte de la inmigración y que el nacionalismo radical ha convertido en su bastión. ¿Cuál ve como principal obstáculo?
-Desde luego, todos los que ha dicho y el miedo al cambio, en general, el 'prefiero quedarme como estoy'. Hay que mejorar la calidad de vida de los residentes, llevar a cabo intervenciones urbanísticas y apoyar al pequeño comercio.
-Algunas voces critican que la exitosa rehabilitación de la catedral se ha circunscrito a ese templo y que no ha contagiado sus efectos al resto de la 'almendra'.
-Sí, tal vez no se ha sabido aprovechar ese tirón tan importante que ha creado. Al final, la gente que acude a verla tiene que atravesar las calles del casco. Podía haberse hecho más participativo.
-El primer signo de modernidad del barrio llegó con los andenes móviles. ¿Apuesta por extremar la vigilancia policial en la zona para evitar los ataques?
-Apuesto por educar. Es difícil de entender, pero por muchos policías que pongan, volverán.
-Vive en Zabalgana. ¿Está a gusto en un barrio de estreno?
-Sí. Estoy contento, se vive bien. Los pisos son amplios, con mucha luz. Los parques, las zonas ajardinadas están bien hechas y hay vida. Pero también le digo que preferiría vivir en el centro, pero no me lo puedo permitir.









