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Economía

CHINA, LA LARGA MARCHA HACIA AL CAPITALISMO
De cero a cien en tres décadas
Se cumplen treinta años de las reformas económicas iniciadas en China por Deng Xiaoping, quien llevó al país de su mayor hambruna al éxito más rotundo
04.05.08 -

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De cero a cien en tres décadas
Shanghai y la juventud china se han convertido en el símbolo del cambio del país./ FOTOS: Z. ALDAMA
No le faltan razones para sonreír. Desde uno de los muchos carteles que jalonan las amplias avenidas de Shenzhen, el rostro tranquilo de Deng Xiaoping recuerda que, hace treinta años, la vibrante ciudad de ocho millones de habitantes del sur de China no era más que un pequeño pueblo de pescadores. Tuvo que morir Mao Zedong, y con él la ominosa Revolución Cultural, para que Xiaoping tomase el rumbo económico del país después de haber sido vilipendiado por su 'alma capitalista'. Al grito de 'enriquecerse es glorioso', decidió entonces otorgar al pequeño enclave, fronterizo con la todavía británica Hong Kong, el estatus de Zona Económica Especial (ZEE). Un experimento de economía de mercado en un país comunista que ha dado como resultado un monstruo. En treinta años, el Gran Dragón no sólo ha despertado, sino que camina con sobredosis de cafeína. Ha pasado de ser una economía marginal, muy por detrás de la española, a amenazar la medalla de bronce de Alemania.

En la mente de muchos China es todavía el país de las bicicletas, la Gran Muralla y el gorro cónico. Nada más lejos de la realidad. Si ahora hubiese que elegir un elemento que describiera el parque móvil, la arquitectura y la vestimenta, esos serían un BMW serie 7 -es el país en el que más se venden-; un rascacielos -es el lugar del mundo en el que más se construyen-, y diseños de ropa de marcas de lujo, que ya tienen en China un mercado de 250 millones de clientes, el más prometedor del globo.

La capital del dinero

Shenzhen es una bofetada para los sentidos y un puñetazo a la historia de China. Las estrellas amarillas sobre el fondo rojo sangre de la enseña nacional son un anacronismo en esta ciudad dominada por un amor al dinero sin parangón en el planeta, y paradigma del extremismo de una sociedad que va lanzada hacia no se sabe dónde. Triunfan el individualismo y la empresa privada. El todo vale. Quien busque en Shenzhen la hoz y el martillo lo lleva claro. Sin embargo, el que quiera engullir una hamburguesa en el McDonald's, o adquirir el último modelo de Louis Vuitton sólo tiene que caminar unos metros. Quienes busquen un concesionario de Lamborghini o de Rolls Royce tendrán que andar un poco más, pero no desfallecerán. Eso sí, tendrán que hacer frente a una marea de mendigos que se agarran al bolsillo del occidental como si fuera la vida misma. Shenzhen es también prueba de las grandes disparidades sociales de las reformas de Xiaoping, quien, en 1978, lanzó el programa de las 'cuatro modernizaciones': agricultura, industria, ciencia-tecnología y defensa.

Un empresario medio de Shanghai, la ciudad más próspera de China excluyendo a Hong Kong, tiene una renta novecientas veces superior a la de un campesino de Guizhou, la provincia más pobre del país. Pero no hay que buscar una distancia de miles de kilómetros para encontrar brechas abismales. Dentro de una misma ciudad, las diferencias ponen los pelos de punta. Cientos de personas buscan algo de caridad entre mareas de vehículos de lujo. Quienes lucen los últimos modelos de Chanel o Armani rara vez se fijan en los ancianos harapientos y los niños que tratan de llamar su atención contorsionándose como si estuvieran en un circo. En un país en el que la sanidad es de pago -aunque el precio de los tratamientos es muy reducido- y en el que sólo los funcionarios cuentan con una pensión de jubilación -razón por la que tradicionalmente los lazos entre padres e hijos son muy estrechos- los más desfavorecidos viven en el 'sálvese quien pueda'. Ese colectivo suma unos ochocientos millones de personas.

Enriquecerse todos

Pero hasta el campesino al que la suerte menos le ha sonreído tiene que darle las gracias a Deng Xiaoping, quien, para moderar las disparidades entre las recién creadas ZEE y el campo, permitió a los agricultores vender sus excedentes en el mercado. Si los pronósticos del Gobierno se hacen realidad, 2008 llevará una renta per capita media de 400 euros a las zonas rurales, cuatro veces la de hace una década. Se hará realidad así la profecía del líder económico, que al comienzo de las reformas ya advirtió de que «primero tendrán que enriquecerse unos pocos, y luego llegará el resto». Así, las ZEE como Shenzhen, Zhuhai o Shanghai se han convertido en gigantes económicos saturados de los que mana desarrollo hacia el centro-oeste del país. Poco a poco, la ola de riqueza va engullendo ciudades cada vez más remotas, como Chengdu, Chongquing o Xi'an, receptoras de inversión local y extranjera en busca de la mano de obra barata que ya no encuentra en la costa Este. Un hecho que ha permitido erradicar casi por completo la pobreza extrema en el país, en un logro calificado por Naciones Unidas como «extraordinario». Teniendo en cuenta que en la década de 1960 más de 30 millones de personas murieron de hambre, el adjetivo no parece exagerado.

¿Es China comunista?

Poco a poco, China ha ido mutando, las ZEE han extendido sus tentáculos por todo el territorio y, ahora, en todo el país funciona un sistema híbrido, denominado oficialmente 'comunismo con características chinas', en el que ya está reconocida la propiedad privada. La aprobación de esa ley supone, sin duda, un punto de inflexión en la historia de China, ya que en el comunismo la tierra pertenece siempre al Estado. Muchos ven en este giro un balazo a quemarropa contra las empresas estatales, en gran medida anticuadas y deficitarias. «El chino es emprendedor por naturaleza, y no funciona bien en la empresa pública, lo que explica que la iniciativa privada esté tirando del crecimiento económico y la empresa estatal se haya quedado muy rezagada», explica Weilong Xiu, profesor de Economía en la Universidad Xinhua de Pekín.

Una mirada superficial da como resultado la idea de que China es más capitalista que Estados Unidos. Sin embargo, hay varios preceptos que dan al traste con esta primera impresión. La educación es gratuita hasta el nivel de secundaria, y obligatoria para todos los ciudadanos. De ahí que China cuente con una sorprendente tasa de alfabetización, que ronda el 100%. Los estudios universitarios están fuertemente subvencionados, aunque el porcentaje de quienes llegan a ese nivel es todavía pequeño. Y lo mismo sucede con alimentos básicos y combustibles. «Pero no se puede obviar que la tendencia es hacia el libre mercado», añade Xiu.

Blindaje socioeconómico

Para que la transición no sea excesivamente dolorosa, el gobierno pretende blindar algunos derechos que considera fundamentales con la nueva legislación laboral, que dota a los trabajadores de unos mínimos que, de momento y hasta que la implementación sea férrea, empresarios sin escrúpulos se encargan de sortear. Y para que no se materialice el miedo a una invasión extranjera, el Partido Comunista decide blindar también sectores 'estratégicos'. «En el plano económico, se da un capitalismo a medias», argumenta el eibarrés Natxo Artamendi, director del Instituto Hispano Chino. «Existe un importante grado de libertad a la hora de hacer negocios, se han eliminado muchas barreras como la obligatoriedad de aliarse con un socio chino, pero todavía existen sectores intocables, y no podemos olvidar que aquí funciona la planificación económica, la verdadera razón del imparable crecimiento de China. Gracias a que el Partido Comunista puede diseñar planes a largo plazo, el país goza de una estabilidad sorprendente. Eso, en un sistema capitalista, sería completamente impensable».

Sólo en Pekín, cada día se venden 1.500 nuevos vehículos. Actualmente, China importa siete millones de barriles de crudo diarios. En 2012, ese número se duplicará. La cuarta potencia económica del mundo es ya la segunda exportadora, tras Alemania, a la que se prevé que superará en el presente ejercicio, y lleva dos décadas creciendo a un ritmo superior al 10%. En 2015 será el país que más turistas reciba y, cinco años más tarde, el principal emisor de viajeros. Ya es el tercer estado más competitivo del mundo, superando a Japón, en una lista en la que España se encuentra en el número treinta. Y su superávit se ha disparado un 84%, situándose en más de 200.000 millones de euros. La liquidez del país permite a sus empresas, muchas de ellas todavía públicas, promover un proceso de internacionalización que incluye la compra de compañías extranjeras. Nunca antes, ni siquiera con la Unión Soviética, un estado comunista había logrado tales marcas. Sin duda, Deng Xiaoping tiene razones para sonreír.
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