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JESÚS RAMAJO GARCÍA, EIBARRÉS EN TORREVIEJA
«Eibar está cambiado; ahora hasta se sube a Urki en escaleras mecánicas»
Es arquitecto y lleva 18 años radicado en Torrevieja, después de haber vivido también en Valladolid y Madrid
04.05.08 -

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«Eibar está cambiado; ahora hasta se sube a Urki en escaleras mecánicas»
JUNTO A 'SU' EIBAR. Jesús Ramajo, en las gradas del Rico Pérez (Alicante) el pasado día 26. / E. C.
El sol del Mediterráneo fue un cebo definitivo para Jesús Ramajo García, un eibarrés afincado en la alicantina localidad de Torrevieja desde hace 18 años y que se siente como pez en el agua a la orilla del mar. Es arquitecto, empresario de la construcción, y disfrutó del 'boom' inmobiliario de tierras levantinas años atrás, pero ahora ya no es lo mismo, asegura, en plena crisis del sector del ladrillo. Aunque hace ya mucho que abandonó su población natal permanece muy al tanto de sus circunstancias, porque en todo este tiempo transcurrido nunca cortó el cordón umbilical.

«Estudié Arqutectura en Valladolid y desde entonces estoy fuera. Es mucho tiempo», se percata, ahora con 52 años. «Cuando me fui toda mi familia vivía en Eibar, pero por entonces había trabajo en Valladolid, así que al terminar la carrera monté junto a un hermano una empresa relacionada con la importación y exportación de bebidas», recuerda. Para entonces ya estaba casado y tenía a sus dos hijos, Jesús y Cristian, nacidos en el periplo vallisoletano.

Al cabo de siete años movió la tienda de campaña y se estableció en Madrid. «Allí fue cuando empezamos a construir, montamos una pequeña empresa e íbamos por libre». Pero aquella etapa apenas duró tres años, puesto que a Jesús y a su familia les tentó un cambio de aires relacionado con el clima. «A Torrevieja nos vinimos por el sol, por el calor, ya que quería buen tiempo», reconoce.

También tuvo que ver en su decisión las expectativas laborales, puesto que en el municipio torrevejense, eminentemente turístico, comenzaba a gestarse un crecimiento imparable. «Había muchísimo trabajo, así que primero trabajé por cuenta ajena, realizando proyectos, y luego, al cabo de unos 4 años, monté una empresa».

Lleva ya 14 años con el mismo negocio, pero la realidad actual, confiesa, es muy distinta de la vivida hasta hace poco. «Ahora está todo muy parado, muerto. Se ha construido muchísimo, una barbaridad», explica, consciente de que tal vez se ha forzado demasiado la gallina de los huevos de oro. «No he calculado la cantidad exacta, es difícil hacerlo, pero he construido muchísimos bungalows, apartamentos y chalets, principalmente en Torrevieja», subraya. «Ahora se nota muchísimo la crisis, desde hace año y medio, porque aquí quien compra lo hace casi siempre como segunda residencia y, como la economía está muy parada, afecta».

Tal es la situación que Jesús Ramajo, como otras constructoras, ha tenido que optar por paralizar las construcciones que tenía ya en ejecución, afirma. «Están en cimentación todas las estructuras y toca esperar un poco». No desespera, sin embargo, consciente de que tarde o temprano el sector se reactivará. Además, vive «muy bien», asegura, completamente hecho a la idiosincrasia de una localidad con múltiples caras.

«Recuerdo que cuando llegué había censados 16.000 habitantes y ahora ya hay ciento y pico mil, pero en invierno al menos residen aquí 300.000 y en verano llegamos al millón de personas. Fíjate qué pasada». Y es que Torrevieja es una ciudad acordeón, además de una particular torre de Babel. «Es muy, muy grande. Aquí se hablan 86 idiomas, pero sobre todo hay muchos ingleses y alemanes, y los trabajadores son del Este, como rumanos, rusos, lituanos, además de ecuatorianos y colombianos», sostiene.

Siempre en contacto

Tampoco falta el contacto con la gente del norte, subraya. «Vienen muchos vascos y me encuentro con mucha gente de Eibar y también de Ermua. En algunos casos hasta hemos entablado conversaciones para, indirectamente, ayudarles a comprarse una casa».

En cuanto a su vínculo con la localidad armera, siempre ha existido a lo largo del tiempo. «Ya no me queda familia allí, pero sí amigos. Cuando voy, estoy un par de días o tres. La última vez me quedé en el hotel de Deba una semana, porque también tengo allí amigos, y además aproveché para llevar a mi hijo pequeño a un clinic de fútbol de la Real Sociedad en Baiona».

Sus hijos, acepta, «ya no tienen contacto» con Eibar, pero Jesús no duda en confesar que se acuerda «mucho» y que sigue pendiente «de lo que sucede». De esa manera, resalta, «me sigo sintiendo muy eibarrés».

Como tantos otros eibarreses en la diáspora, Jesús observa Eibar «muy cambiado». «Tengo la foto del Ayuntamiento y la verdad es que llama la atención, con ese color tan fuerte», apunta. «Siempre viví en Errekatxu y, fíjate qué diferencia ahora, que se sube hasta a Urki en escaleras mecánicas», destaca, aunque «eso -matiza- está muy bien».
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