
Greenfield, Indiana. Población: 14.600 habitantes. En otro tiempo fue una parada clave del ferrocarril que unía Pittsburg, Cincinnati, Chicago y San Louis, pero el silbato del tren se acabó con la industria acerera. Otra de esas pequeñas ciudades rurales «amargadas» que se han tomado a pecho los comentarios que hiciese Obama el mes pasado en relación a Pensilvania.
Hasta allí va el ex presidente Bill Clinton, encantado con la posibilidad de defender su legado histórico mientras ayuda a su esposa a reconquistar la Casa Blanca. Eso, si la campaña logra que no se salga del mensaje.
Cada vez que Bill Clinton da titulares es un mal día para su esposa, ya sea para llamar «Judas» a Bill Richardson o para comparar a Obama con Jesse Jackson. Sus asesores confiesan que se ha vuelto un hombre iracundo a medida que Obama se ha interpuesto en su camino, y es ya un consenso que le ha cogido manía al candidato que ha plagiado su mensaje de cambio y esperanza. Y ahora que el reverendo Jeremiah Wright amenaza con hacerle el trabajo sucio, Hillary Clinton no puede permitirse que su marido cambie el foco de atención. Solución, ni un micrófono cerca.
Para blindar al ex presidente la prensa está obligada a llegar a sus actos 45 minutos antes que él, y queda «secuestrada» en un área cercada por la Policía que recibe órdenes estrictas de no permitir que ningún periodista salga del «gallinero», ni para hablar con la audiencia. El accesible ex presidente que se pasara horas en los casinos de Nevada contestando las preguntas de la prensa no tiene ya oportunidades de desahogarse fuera del escenario. «Cuando Hillary Clinton lanzó su campaña en enero de 2007, sus colaboradores temían que Bill Clinton le hiciera sombra», escribió esta semana la revista 'The New Yorker'. «Ahora el temor permanente es que la avergüence».
Visita inédita
La batalla del martes en Indiana y Carolina del Norte ofrece otra posibilidad de que los candidatos se den jaque. Si Obama pierde ambas plazas, su campaña puede desmoronarse. Por el contrario, si las gana demostrará que ni el reverendo Wright puede acabar con su liderazgo, y eso aclararía las dudas de muchos superdelegados. A lo peor, si la quiniela queda uno a uno, la cansina batalla continúa como hasta ahora.
En cualquier caso, no es momento de permitir que Bill Clinton se deslice, pero tampoco de prescindir de él. El ex presidente ha dejado los grandes escenarios para su esposa y se ha lanzado a las aldeas rurales que no ha visitado un candidato desde Bobby Kennedy con la música de 'Journey' de fondo: «Era sólo una chica de pueblo...», comienza el tema de 'Don't stop believing' (No dejes de creer).
«¿Nunca he visto a un presidente en persona!», comentaban exaltadas dos chicas que hacían cola en el instituto de Greenfield para ver a Bill Clinton. Nadie recordaba siquiera la visita de un candidato presidencial.
Brent Eaton, un republicano, convencido, como la mayoría del condado de Hancock, llevó a su hija de 4 años para que lo viera. «Puede que nunca más en su vida tenga la oportunidad de ver a un presidente», explicaba mientras la niña jugaba distraída. «Ahora no se da cuenta, pero cuando sea mayor lo recordará con orgullo».
Aunque las encuestas dan empate técnico, Eaton está convencido de que Clinton se apuntará Indiana, que ha votado republicano en todas las presidenciales desde que eligiese a John Kennedy en 1960. «Ella es menos socialista que Obama», dice Eaton, «y resulta más sencilla, más humilde». El candidato de color apuesta por el norte del estado, vecino de su feudo de Illinois, donde le conocen desde hace años gracias a las televisiones de Chicago. Las encuestas le auguran una vez más éxito en las grandes urbes y en las zonas universitarias, pero Clinton es la favorita en toda la parte rural del estado, como ocurriese en Ohio y Pensilvania.
Indiana, además, es 89% blanco, tiene un 52% de mujeres y el 42% de los demócratas se consideran conservadores. Un perfil que encaja bien con la base de Clinton. Un tablero bien servido para las sorpresas que promete Bill.







