
Es la peor crisis alimentaria de la historia reciente, y no responde al patrón habitual. No hay localización concreta, y se ceba en las ciudades. Es un 'tsunami' silencioso que se siente en todo el planeta: desde Filipinas, el país más afectado, hasta Haití, donde manifestaciones bajo el lema 'tenemos hambre' han dejado 6 muertos, pasando por Camerún, que ha sufrido saqueos en los que han perecido más de 40 personas.
En un año, el trigo ha doblado su precio, la soja ha saltado un 87%, y el maíz ha subido un 53%. Pero, sin duda, es el arroz el que provoca mayor temor, y Asia, que produce el 90% del total mundial y consume alrededor del 60%, se ha convertido en el continente más afectado. En seis años, el 'oro blanco' ha multiplicado su precio por cinco, hasta que la tonelada de grano tailandés, equivalente al barril de Brent en el petróleo, ha alcanzado la cifra histórica de mil dólares. Sólo en los dos últimos meses ha vivido un crecimiento del 50%, y en su día más frenético su importe en el mercado internacional aumentó una cuarta parte. Sin duda, esta situación ha llevado al borde del abismo a la población más desfavorecida del continente, cuya ingesta de calorías depende entre un 30% y un 80% del arroz. Mientras un habitante medio del sudeste asiático necesita 170 kilos de este cereal cada año, un europeo sólo consume siete. Por eso, mientras en el mundo desarrollado el alza del precio de los alimentos se traducirá en un punto porcentual de inflación, en los países en vías de desarrollo significará hambre. Y la crisis no es pasajera. Según el Programa Mundial de Alimentos, los elevados precios se mantendrán por lo menos una década.
Naciones Unidas no ha ahorrado calificativos para describir la coyuntura, que ha calificado de «auténtica tragedia» y de «desafío sin precedentes y de proporciones mundiales», y ha hecho un llamamiento a sus donantes para obtener los 320 millones de euros que considera imprescindibles para evitar una tragedia de dimensión colosal. Según la ONU, en el mundo hay alrededor de 1.000 millones de personas que sobreviven con menos de un dólar al día, lo que se considera pobreza absoluta, y alrededor de 2.000 millones que lo hacen con dos. Para este segundo grupo, la crisis actual provoca un recorte en el gasto dedicado a educación o transporte, mientras que para los primeros supone suprimir una o dos comidas, y eliminar la carne de su dieta. Si la situación no mejora, el número de pobres absolutos podría incrementarse en 100 millones, lo cual supondría echar por tierra los logros conseguidos hasta ahora en la erradicación de la miseria.
Medidas polémicas
La complejidad de las razones que han provocado esta crisis ha llevado a que las medidas propuestas sean de muy diferente índole, y vayan de la mano de la polémica. En algunos casos, los gobiernos han optado por el extremismo, como es el caso de Filipinas, donde se ha aprobado una nueva ley que condena a cadena perpetua a aquellos distribuidores que hagan acopio de cereales para aumentar su precio de forma artificial. Algunas empresas también han tomado la iniciativa: las cadenas de comida rápida de la ex colonia española ofrecen sólo media ración de arroz para evitar su despilfarro, y hasta algunos supermercados estadounidenses han puesto límites a la cantidad de arroz que pueden adquirir sus clientes.
Sin embargo, la mayoría de organismos internacionales abogan por la ciencia como respuesta de éxito. Actualmente, se conocen 140.000 variedades de arroz, de las que 90.000 están registradas en el Banco Genético del Arroz para su investigación y desarrollo. Los arroces híbridos, que combinan variedades para mejorar su rendimiento y fortaleza, se ven como la mejor opción para incrementar la producción rápidamente. Para el resto de cereales, la investigación en transgénicos aparece también como fundamental, aunque la FAO advierte de que para una solución a largo plazo hay que ir más allá, pues este tipo de cereales obliga a los agricultores a adquirir simiente nueva cada año, y muchas veces las multinacionales que la crean les obligan a comprar el paquete completo, que incluye fertilizantes y otras sustancias que terminan por abultar la factura.
De lo que no hay duda es de que la solución definitiva pasa por conseguir un aumento de la productividad de la tierra. La FAO estima que en el mundo hay 450 millones de pequeños agricultores que labran pequeñas parcelas de tierra, y de los que tendría que salir la mayor parte de la producción mundial. Para ello, es necesario mejorar las condiciones en las que trabajan, muchas veces similares a las empleadas en la Edad Media. «Los gobiernos deberían relanzar la investigación agrícola, y subvencionar a los pequeños agricultores para que aumenten la productividad de su tierra», aconseja Duncan Macintosh, del Instituto Internacional para la Investigación del Arroz (IRRI). «Es mucho más fácil pasar de dos a cuatro toneladas por hectárea en África, que de ocho a diez en Europa».







