Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Mundo

ANÁLISIS
Parábola
04.05.08 -

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Supe que los negros pasan hambre cuando era niño y el Domund recogía fondos en la calle y las iglesias con destino a las necesidades, sobre todo, del África profunda. El régimen, confesional entonces, convertía la caridad en espectáculo, donde las primeras damas exhibían sus modelos de astracán en las mesas petitorias mientras los chicos nos afanábamos en llenar las huchas de metal que nos proporcionaban en las escuelas. A falta de noticias políticas era ese el acontecimiento del año. Luego, el mundo dejó de pasar hambre de repente, hasta que un colega, reportero gráfico, captó en el cuerno de África aquella instantánea espeluznante en la que un zopilote acechaba las muerte de un niño que se desmoronaba inane. Fue una casualidad o un montaje, pero sin duda tuvo sus efectos y movió nuestros corazones acorchados. Los medios descubrimos Etiopía, y los curas desde sus púlpitos.

Cuando me hice mayor, tuve oportunidad de viajar y conocí que el hambre no sólo era negro sino, en realidad, de todos los colores. También advertí que su distancia había producido en mí un efecto cauterizador, haciendo desaparecer las heridas emocionales de mi infancia, sin dejar rastro.

Comprobé cómo seres humanos eran literalmente engullidos por la hambruna en todas las latitudes del planeta, perfectamente ignorados, muchos con apenas dos dólares diarios para subsistir. Volví la vista y recordé que mi madre nos mandaba a mis hermanos y a mí a la católica cuestación con un gran trozo de pan con chocolate, y en el patio de la escuela, tras el esfuerzo, los americanos asistían a nuestra subalimentación con un vaso de leche en polvo y un inolvidable triángulo de queso. Así caí en la cuenta de la posguerra y de que, a pesar de ella, los niños occidentales hacemos mal que bien tres comidas al día.

Luego supe cómo, no contentos con la muerte por hambre de los otros, de vez en cuando, los países ricos llevan la guerra a los pobres, y que en ellas no sólo se muere de hartazgo de metralla, sino también de inanición, y que sus secuelas se trasmiten a varias generaciones, porque exterminan sus cuadros más cualificados para mover un país al progreso, sus intelectuales y sus jóvenes. Aprendí a ver la hambruna desde los restaurantes, comiendo una enchilada en México o un curry en la India o un exquisito cuscús en Marruecos. Y me olvidé de ella al volver a casa. Reconocí, al fin, que uno sólo percibe a esa señora malencarada cuando mantiene relaciones con ella. Y ha tenido que sobrevenir una crisis en los países ricos que encarezca los combustibles y racione el arroz para hacernos ver que el hambre no se ha ido, sino que continúa haciendo estragos, como siempre, entre los pobres.
Opina

* campos obligatorios
Listado de comentarios

Comparte esta noticia

¿Qué es esto?

Vocento
SarenetRSS