
La anécdota es reveladora del carácter de Leopoldo Calvo Sotelo (Madrid, 1926), marqués de la Ría de Ribadeo, Grande de España, académico de Ingeniería y de Ciencias Morales y Políticas: católico, riguroso, serio y pragmático. Católico, por tradición familiar y por convicción personal: de joven militó en la Asociación Nacional de Propagandistas y fue uno de los muchachos que con motivo del estreno de 'Gilda' trató de asaltar el cine donde se proyectaba para protestar por la indecencia de que su protagonista hiciera un 'striptease'... quitándose un guante. Su radicalismo fue moderándose con la edad, hasta quedar en una profunda fe religiosa distante, sin embargo, del clericalismo a ultranza de alguno de sus compañeros de UCD en tiempos de la Transición. Se dice, incluso, que acuñó una de las frases más ácidas de cuantas se repetían en los pasillos del palacio de La Moncloa, cuando en una ocasión preguntó por Landelino Lavilla, un ministro con vocación de obispo: «¿Está don Landelino en su despacho o está ya expuesto?»
Sin audacia ni carisma
Riguroso, por formación. Ingeniero de Caminos con el número 1 de su promoción, Calvo Sotelo fue toda su vida una persona prudente que estudiaba cada asunto con la frialdad del científico que no olvida nunca prever las consecuencias de cada decisión tomada. Una virtud especialmente valiosa para un presidente de Gobierno elegido 24 horas después de un intento de golpe de Estado que colocó al país al borde del abismo. Carente de la audacia y la capacidad para el funambulismo de su predecesor en el cargo (Adolfo Suárez) y sin el carisma de su sucesor (Felipe González), se valió de su capacidad organizativa para poner orden en la Administración en un momento en que nadie quería coger aquella patata caliente. Un presidente de transición al que su partido ni siquiera dio la oportunidad de optar a ser reelegido.
Serio, por convicción. «Siempre me he tomado todo demasiado en serio», confesaba en una entrevista reciente. Ese carácter lo hizo pasar con frecuencia por altivo, y en otras ocasiones por demasiado solemne. Y, sin embargo, en las distancias cortas no era altivo ni solemne. Sus allegados saben de sus muchas horas mirando las estrellas a través de un telescopio instalado en la terraza de su casa de Pozuelo, emocionado por el espectáculo. Saben también de sus paseos en barca en la Galicia de sus antepasados o en bicicleta por caminos de tierra. Algunos lo recuerdan tocando el piano. No lo hacía mal, aunque su afición a la música era mucho mayor que su habilidad al teclado, como él mismo reconocía.
Y pragmático, por necesidad. Lo fue desde la adolescencia, cuando hubo de renunciar a estudiar Física o Matemáticas porque eran profesiones con las que tardaría mucho en ganar dinero, y se consideraba obligado a ayudar a su familia, como único hijo varón en un hogar que había perdido al progenitor cuando él tenía sólo 7 años. Luego, aceptó empleos que en principio consideró disparatados, como la dirección general de una firma que fabricaba medias de nylon para señoras (él, que había dedicado cinco años de su vida a estudiar cómo se construyen puentes), porque era la mejor forma de buscar un acomodo en la élite empresarial del país. Su paso por la política fue igual: si no se le recuerdan decisiones especialmente brillantes, nadie dudaba de su capacidad para hacer de la necesidad virtud.
Cuando dejó el Gobierno -y, poco después, la política-, Calvo Sotelo perdió algo de esa severidad. Satisfechas sus ambiciones políticas, perdida la esperanza de ser Nobel de Física -con lo que soñaba en su juventud-, se dedicó a la empresa privada y redujo al mínimo imprescindible sus apariciones públicas. En algunas de ellas, se le vio incluso sonreír con timidez. Su tiempo se estiró entonces para permitirle completar las lecturas de los clásicos que poblaban su biblioteca de más de 15.000 volúmenes, escuchar música y escribir. En 1990 publicó sus memorias, y en ellas aseguraba no tener ninguna añoranza de su estancia en la Presidencia del Gobierno. «Cada mañana paso por delante del palacio de La Moncloa -decía- y no siento nada». Con su verbo culto y la mirada irónica disimulada por sus gafas de miope, Calvo Sotelo lo explicaba con claridad: «La política siempre es injusta, es la historia la que hace justicia». Para él, ha comenzado el tiempo de la historia.







