
-Yo no siento nada, porque no los veo. A veces haciendo' zapping' paso por alguno, me quedo unos minutos y cambio de cadena, porque me aburren muchísimo. De todos modos, me parece que todos cantan igual, con los mismos giros, la misma entonación... Para salir adelante hay que tener más que una buena voz. Es como actuar: además de dar bien ante la cámara, hay que saber transmitir sentimientos.
-Si le dijeran ahora mismo que se va a grabar otra obra clásica suya, ¿cuál elegiría?
-No puedo contestar porque no lo sé. Tengo más en mente las últimas pero no podría decidirme. Lo echaría a suertes.
-¿A qué compositores se siente más próximo?
-Soy heredero de todos, pero no me siento emparentado a ninguno. He oído desde la infancia mucha música clásica, pero también he escuchado a muchos cantautores, a los Beatles... todo eso lo he mamado. Soy absolutamente honesto y humilde a la hora de componer. Componer es una experiencia espiritual, una aventura, un juego, y yo sólo trato de ser honesto.
-¿Qué significa el folclore en su obra?
-En un tiempo significó más, ahora muy poco. En mi Sinfonía Nº 5 hay una especie de espatadantza, aunque lo que está allí es sobre todo su ritmo, que es muy bravío. Pero cada vez voy más a la esencia. Admitiendo toda mi herencia, como le decía antes, procuro desnudarme de todo ello e ir a lo fundamental. Posiblemente en mi próxima sinfonía la orquesta sea más simple para hacer una música más esencial, sin pretensiones, que surja de lo hondo y fluya bien, sin aspavientos, como sucede en la naturaleza.







