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VIZCAYA
Bolsillos de cristal (Miguel González San Martín)

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Los políticos no tienen buena fama, así en general. Un tópico injusto, una broma generalizada, consiste en hablar mal de ellos. Hay que tener cuidado con eso. Lo malo era cuando no los había o eran de pensamiento único. Los políticos eran los malos en aquellas putrefactas películas de posguerra, como 'Raza', que mostraba la mediocridad de su guionista, Francisco Franco. «Haz como yo -decía Franco en su chiste más ingenioso de la vida real- no te metas en política». Los deslices de los políticos llaman la atención, como los hábitos insalubres de los médicos o los pecados de los curas contra el sexto mandamiento. Es difícil analizar las conciencias, pero se pueden volver del revés los bolsillos, o imaginarlos de cristal.

El diputado general de Vizcaya ha hecho públicos los sueldos y el patrimonio de los altos cargos. Es un gesto a la vez noble y propagandístico, democrático y exhibicionista. Se comprende que los políticos honrados, seguramente la mayoría, cometan el pecadillo de vanidad de demostrarlo. Tal vez no sea elegante que se proclamen virtuosos, aunque lo sean. Democracia es rendir cuentas, pero de los asuntos públicos. Las conductas desviadas se dirimen en los juzgados y en elecciones ulteriores. A veces los políticos, en un exceso de sinceridad, presumen de pobreza. Pedro Ugarte escribió un inteligente artículo al respecto, tras la embarazosa confidencia de un cargo público que hacía ostentación de tan escaso patrimonio que daban ganas de encabezar una colecta. A Ugarte le preocupaba, precisamente, dejar el dinero público en manos de un gestor tan torpe o manirroto con el propio.

Los políticos se pasan la vida trabajando. Lo hacen en sus despachos y después del horario de oficina, mientras comen o cenan. Reciben llamadas en sus domicilios. Inauguran obras o presiden eventos diversos en domingo. Soportan con una sonrisa el enfado de ciudadanos recalcitrantes que les abordan en las aceras. En algunos casos se la juegan, sólo por el hecho de serlo. Cobran bastante menos de lo que merecen por un trabajo ilimitado y muchas veces ingrato. Sólo ganan dinero en serio cuando se van a la empresa privada. Las pulsiones más perniciosas de los políticos no tienen que ver con el dinero. Para Macbeth y su mujer, el dinero era lo de menos. No hubiera estado mal que algunos políticos célebres por su malignidad, como Hitler o Stalin, se hubieran limitado a perpetrar algún desfalco.
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