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HACIENDO CIUDAD
«Esto lo conseguimos nosotros»
Veteranos del movimiento vecinal en Bilbao, muchos de ellos forjados en la clandestinidad durante el franquismo, cuentan sus batallas para mejorar la vida en los barrios
04.05.08 -

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«Esto lo conseguimos nosotros»
Ramírez y Ana leen 'Iralabarri'. / F. GÓMEZ
Han conocido a muchos alcaldes de Bilbao, de los que recopilan un buen inventario de anécdotas que nunca aparecerían en una biografía autorizada, y, aunque nunca estudiaron para ello, manejan con precisión expresiones como 'plan general', 'soterramiento' o 'humanización de calles'. La mayoría de los veteranos del movimiento vecinal iniciaron su labor en la clandestinidad durante el franquismo y han ido haciendo suyos estos saberes tras décadas y décadas de reclamaciones a las instituciones.

Ahora que peinan canas y las asociaciones más antiguas, como la de Rekalde, Irala o Uribarri, ya han superado los cuarenta años con un relevo generacional que en algunos casos es «algo justito», estos 'históricos' echan la vista atrás. En su portentosa memoria -recuerdan nombres de políticos, fechas y leyes con rigor bibliográfico- archivan, todavía con el orgullo un poco dolorido, algunas batallas perdidas, pero, sobre todo, muchas victorias. Y estos logros les hacen sacar pecho y dar por bueno el precio que han tenido que pagar: horas de reuniones, montañas de papeleo y discusiones con responsables políticos. Por eso, cuando pasean por sus vecindarios, no pueden reprimir la tentación de señalar aquí y allá repitiendo la misma coletilla: «Eso lo conseguimos nosotros». Aunque inmediatamente añaden, con modestia, que «aún queda tarea por hacer». Una frase que zanja cualquier sospecha de 'jubilación'.

IRALA

«Haces parones para no 'quemarte'»

El bedel del centro cívico de Irala tiene una sorpresita para Ana Blanco y José Ramírez, a quien todo el mundo llama por su apellido. «¿Aquí está, recién salida! ¿Todavía calentita», dice, mostrando un mazo de la revista mensual de la asociación de vecinos. «¿A ver? Huy, si ésta de la foto soy yo, cuando era niña ja, ja, ja», se carcajea Ana. A su lado, Ramírez también sonríe. Sólo al llegar al artículo sobre el 40 aniversario del grupo, donde se recuerda a miembros fallecidos, las risas pierden fuelle y ceden a la nostalgia. El pastor evangelista que les prestaba la multicopista, el poeta Gabriel Aresti, el anciano que cobraba de casa en casa los recibos de la asociación

En todos estos años, ambos han visto pasar por el colectivo a un montón de gente. Pero ellos ahí siguen, al pie del cañón. «El secreto para estar tanto tiempo es hacer algún pequeño parón de vez en cuando. Unas veces voluntario y otras, porque te ponen chinas en el camino Pero apartarse un poquito no está mal: si no, te quemas», explica este jubilado de Altos Hornos. Aunque sus paréntesis son relativos, porque, cuando va a su pueblo natal, la localidad andaluza de El Burgo, se dedica a recoger ideas que luego intenta 'importar' a Irala. «Pues yo, aunque el trabajo en la asociación casi me cuesta un divorcio, sólo paré un año cuando nació mi hijo», comenta Ana, que empezó siendo una veinteañera y ahora tiene ya sesenta.

Según explican, la dedicación merece la pena, porque se han apuntado «muchos tantos»: «Hemos paralizado la construcción de un rascacielos en el parque Escurze. Logramos -yendo de casa en casa y haciendo un censo de niños- que hiciesen escuelas y el instituto. Y también que urbanizasen el barrio de la Media Luna, que estaba hecho un barrizal, lleno de ratas Eso fue por los 70, cuando uno de la asociación se fue a Madrid, con su carpeta, a mostrarles fotos a los ministros de Vivienda y Educación», cuenta Ramírez con admiración. Y en eso siguen. «Estamos con el plan de rehabilitación integral, que tiene el problema del tráfico como punto central», advierte Ana. Ramírez, que tiene ya 73 años, asiente. Y, aunque anda un poco fastidiado de una pierna -le recomienda al fotógrafo unos ejercicios «estupendos»-, no tiene pinta de querer acogerse a uno de los parones 'terapéuticos' que poco antes también aconsejaba vivamente.

SAN ADRIÁN

«El local parece un consultorio»

Si a José Luis López le diesen un euro por cada escrito que ha llevado al registro del Ayuntamiento -«las chicas que hay allí son majísimas, ya me conocen»- podría costearse unas vacaciones de lujo. Tiene 79 años y está al frente de la asociación de San Adrián, aunque cree que ya tiene que ir pensando en «dejar el 'chiringuito' a gente más joven». El 'chiringuito' es una lonja recién pintada, que cuando hace buen tiempo permanece con la puerta abierta, de modo que los vecinos pasan por allí a diario a plantear inquietudes. «Mi mujer me dice que esto más bien parece un consultorio, je, je», comenta.

Pero entre confidencia y confidencia, este maestro de hornos jubilado sonsaca a sus vecinos un montón de información que sirve luego a la agrupación para realizar sus reclamaciones. «Muchas de ellas las atienden, ¿eh?», apunta José Luis, que lleva décadas lidiando con las instituciones.Y como ya es perro viejo, ha estado en muchas negociaciones y se las sabe todas. «Ellos tampoco van a engañarte, pero sí a marearte, para ver si te aburres y desistes. ¿Pero qué va!», proclama orgulloso mientras muestra «los logros» que el grupo ciudadano ha conseguido para el barrio. Los tiene apuntados en una libreta. «Fue importante la construcción del ambulatorio, un par de parques, el asfaltado de unas plazoletas, rebajes de aceras, algunos semáforos », recita. Ahora ve todas las horas de trabajo reducidas a unas cuantas hojas cuadriculadas y suspira acordándose del esfuerzo que han invertido para conseguir esos avances. «Yo ya no estoy para esto, ir a reuniones del consejo de distrito que acaban a las diez de la noche ¿Me echan unas broncas los hijos! Pero, bueno, ya les digo, que no todo en la vida del jubilado va a ser tomar potes, ¿no?», comenta. Además, aún le queda en la libreta mucho espacio para apuntar nuevos triunfos.

REKALDE

«Ahora te escuchan y anotan»

Rekalde ha ganado «muchas cosas» desde los 60, algunas tan básicas como escuelas y calles asfaltadas, pero también ha sufrido dolorosas pérdidas, como un buen conjunto de edificios históricos de los que «sólo quedan tres». Joseba Eguiraun, de 69 años, y Javier del Vigo, de 58, tienen muchas cosas apuntadas en su albarán mental de logros y fiascos. La mayoría pertenecen a la primera categoría. Lo cual no quita para que el vecindario haya pagado «un peaje muy alto», aseguran estos dos históricos del movimiento ciudadano, que en los 60 empezaron a trabajar con ahínco en la Asociación de Familias de Rekalde.

Eguiraun, ex párroco de Nuestra Señora de Las Nieves, recalca que él ha bajado mucho el ritmo de trabajo.Ya no son los tiempos, «afortunadamente», en que prestaba la iglesia -«quemada en el 83 por la extrema derecha»- para funerales de comunistas y reuniones vecinales y sindicales. Tampoco hay ya manifestaciones multitudinarias, como cuando las amas de casa tiraban tiestos desde sus ventanas a la cabeza de los 'grises'. «Una de las más gordas se armó en Uretamendi, durante el funeral de una niña atropellada por el trolebús en un punto donde pedíamos un semáforo». Y las instituciones no tienen nada que ver con aquéllas. «Ahora te escuchan y anotan lo que les propones aunque no sé si luego sirve de algo. Además, Azkuna, como alcalde, por lo menos es simpático», explica Eguiraun, a quien se le escapa una sonrisa traviesa cuando se le sonsaca la última vez que llevó un proyecto al Consistorio «Esta mañana», admite mientras desgrana retazos de un plan para crear un museo y un archivo.

Su amigo Javier, con quien ha publicado varios libros sobre el barrio, cree que equipamientos culturales de este tipo ayudarían a cambiar «la concepción clasista que encuadró a Rekalde como un barrio feo, maqueto y cutre». Una espinita que tienen clavada, porque ambos -aunque proceden de otros lugares: Joseba es de Abando y Javier, hijo de emigrantes burgaleses- son unos enamorados del vecindario. ¿No tienen más? «Sí, una bien gorda y de cemento -rematan alzando la mirada al viaducto que sobrevuela el corazón del barrio-. ¿A ver si se va al carajo!».

MASUSTEGI

«Hemos llegado a 'secuestrar' buses»

José Mari Fernández y José Luis Varela dicen que ahora son «de lo más tranquilo que hay». Tomándose sus potes en el barcito que han habilitado en los locales sociales del Masustegui -que también atienden a turnos- y haciendo risas con un buen número de parroquianos no hay quien diga que esta pareja tan afable ha llegado a participar en el 'secuestro' de ¿36 autobuses! «Llevamos en la asociación treinta años y no hemos sido de los más guerreros, pero en los ochenta tuvimos que 'secuestrar' buses para exigir que nos pusieran uno. Nos montábamos, lo vaciábamos y lo llevábamos a Monte Caramelo», recuerdan la mar de risueños. Sobre todo, porque se llevaron el gato al agua y consiguieron la línea que reclamaban «en dos meses».

Ahora, sin embargo, admiten que prefieren organizar actos festivos -«hace dos semanas asamos un novillo y pusimos sidra gratis, qué éxito»- e ir solucionando «pequeñas cosas que surgen». Pero como después de su pasado batallador no quieren quedar como dos acomodados, destacan que están ojo avizor para «actuar si les aprietan el zapato». «Nos hacen falta aceras en la zona de Kobetas, que la gente va paseando y es peligroso ¿Y un polideportivo en el distrito!», advierte Varela, que ya tiene 57 años y trabaja en artes gráficas. «¿Y otra cosa, que recalifiquen terrenos, que casi todas las casas están fuera de ordenación y tenemos problemas para pedir préstamos!», añade presuroso José Mari, que a sus 66 años y después de tres décadas de lucha vecinal no se cansa de pedir mejoras, aunque también exige para sí y para sus compañeros el descanso del guerrero. «Ahora también merecemos disfrutar un poco del barrio, ¿ o qué?», reclama.
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