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CRÓNICAS DE BILBAO Y DE VIZCAYA
Una fiesta con polémica
En 1908, la celebración del Dos de Mayo dio lugar a fuertes discusiones entre los distintos partidos municipales que, finalmente, decidieron apoyar exclusivamente el carácter cívico de la misma
04.05.08 -

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Una fiesta con polémica
Cementerio de Mallona, donde estaba el panteón por los caídos en el sitio carlista de 1874. / EL CORREO
«Todos los años origina en el seno del Ayuntamiento de Bilbao animada discusión la conmemoración de la fecha del Dos de Mayo en que la villa invicta se vio libre del asedio y bombardeo que sufriera en el año 1874». Así, sin extrañeza alguna, se expresaba El Noticiero Bilbaíno en abril de 1908. Ciertamente, una fiesta pensada para todos, incluidos los carlistas a los que no les hacía mucha gracia, era discutida por todos. Pero el rosario de discrepancias no se había producido durante los años inmediatamente anteriores a la instauración de la fiesta. Las discusiones y las broncas comenzaron mucho más tarde.

Los primeros en protestar contra fueron los euskalerriacos -así llamados los miembros de la Sociedad Euskalerria liderada por Fidel de Sagarmínaga-, para quienes la celebración de una festividad de esas características no servía nada más que para «perpetuar el recuerdo de una lucha fratricida que debía ser olvidada». A estos, y una vez obtenida representación en el Ayuntamiento, les siguieron, cómo no, los carlistas, que no querían oír hablar ni del Dos de Mayo, ni de liberales, ni de nada por el estilo. Luego dijeron que no los nacionalistas que alegaban que tras aquella fecha, fatídica también, el País Vasco había perdido sus libertades.

A estos se sumaron más tarde, y con razones distintas, los socialistas que se oponían a recordar hechos que tuvieran que ver con luchas de los hombres -les iba más la realidad y la lucha de clases, por supuesto-. Hasta los republicanos, defensores acérrimos del Dos de Mayo, habían llegado a manifestar ciertos desacuerdos con la celebración en cuestión.

Comisión de Gobernación

Tanta pasión política había provocado que la fiesta perdiera progresivamente su carácter inicial, en el que lo civil se unía a lo religioso, y que, en dos ocasiones, el mismísimo Ayuntamiento no asistiese en cuerpo de comunidad a la procesión cívica. Así que, con todos estos precedentes, las discusiones surgidas a comienzos de abril de 1908 a raíz de una propuesta de la minoría republicana relativa a la celebración de los festejos, se tomaron con total normalidad. Era lo habitual. Aunque en 1908 hubo sus matices particulares. De entrada, la propuesta de los republicanos fue discutida en el pleno municipal donde se le hicieron modificaciones.

Así, la Comisión de Gobernación del Ayuntamiento, única facultada para resolver este tipo de cuestiones, admitió gustosamente la propuesta de celebración de la festividad y el hecho de que el Consistorio en pleno asistiera a la misma. Sin embargo, su presidente, el alcalde señor Ibarreche, propuso que se revistiese a la fiesta de su carácter religioso además del cívico, tal y como fue instituida en sus orígenes. Para ello pedía la celebración de misas desde primeras horas de la mañana en el cementerio de Mallona, la invitación a la máxima autoridad religiosa de la Villa, un responso ante el Panteón -lugar en el que descansaban las cenizas de los caídos por Bilbao-, y un solemne Te Deum en la basílica de Santiago.

Tras la propuesta del alcalde comenzó la discusión. Unos no estaban de acuerdo en que fuera la Comisión de Gobernación la encargada de organizar la fiesta y pedían que se nombrara una ex profeso para ello. Alegaban que antes la citada comisión no pintaba nada en ese asunto. Los socialistas no se opusieron ese año a celebrar el Dos de Mayo aunque, por supuesto, rechazaban el carácter religioso que el alcalde había propuesto. La ironía estuvo a cargo del nacionalista, señor Urrengoechea, que acusó a los socialistas de incoherentes y les recordó los dos años anteriores que habían votado en contra.

¿Por qué estaban de acuerdo ahora?, les preguntó. Además les echó en cara el hecho de que, hacía apenas unas semanas, se habían negado a comprar unas postales conmemorativas de los sitios de Zaragoza alegando que se oponían «á recordar lechas intestinas entre hombres que deben ser hermanos porque el mundo es patria común». Urrengoechea acabó su discurso manifestando su negativa a la propuesta de celebración por entender que «representa una de las guerras que contribuyeron á la pérdida de libertades del pueblo vasco». Con todo esto, la propuesta del alcalde Ibarreche fue rechazada. Es decir, de toque religioso, ni hablar.

Banda de Santa Cecilia

Lo que estaba claro era que la fiesta era en todos los sentidos. En 1908, desde primeras horas de la mañana, numerosos grupos de personas se dieron cita en El Arenal y en las estribaciones del Ayuntamiento para presenciar la salida de la comitiva. Muchos de los asistentes se habían pasado la noche en vela ya que la verbena duraba desde el atardecer del 1 de mayo hasta las ocho de la mañana del día siguiente.

A las diez, de la plaza de San Agustín, arrancaron los gigantes y cabezudos. Quince minutos más tarde lo hizo la comitiva en procesión. En primer lugar iban los tamborileros del Ayuntamiento y tras ellos, la banda de Santa Cecilia. Inmediatamente después formaban, en orden y con sus correspondientes coronas de flores, la representación del Partido Republicano, los representantes del cuerpo de forales, los miembros de la Sociedad El Sitio, la banda de Garellano, la banda municipal, los senadores, diputados y exdiputados y por último la representación municipal junto a las autoridades civiles y militares.

Y como era habitual, «la mayoría de los balcones de las casas donde la procesión pasó, se hallaban engalanadas». Todos juntos se dirigían por el Arenal hasta la Plaza del Instituto -hoy Plaza Unamuno-, desde donde se iniciaba la ascensión por las Calzadas de Mallona hasta el cementerio. Allí, ante el panteón se procedía a los habituales discursos. En primer lugar habló el alcalde 'accidental' -el titular no acudió, cosa que fue muy comentada-; posteriormente los turnos fueron repartidos entre los representantes del batallón de Auxiliares, los de la Sociedad El Sitio, los miñones y, por último, los republicanos que, una vez más dieron la nota, ante lo cual el alcalde 'accidental', señor Bengoa, le dijo por lo bajo que se callase ya que se estaba metiendo en terrenos escabrosos. Por fortuna, todo quedó en anécdota.

Por lo demás, el Dos de Mayo de 1908, fue como todos. Bailes, pasacalles, puestos de ponche, golosinas, verbenas y toros. Es decir, lo que los bilbaínos consideraban una fiesta, sin desacuerdos de ningún tipo.
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