La incomodidad de esta situación va más allá de algo meramente anecdótico. «Es muy molesto estar en los bares con gente que mide casi dos metros y que para mirarte tienen que agachar la cabeza», asegura la santurtziarra. No sólo eso. También le enerva que los holandeses sean personas «muy frías». «Se tiene la idea de que son abiertos, pero no es así», revela. Sin embargo, no todo son aspectos negativos. De este pueblo, Verónica admira su sinceridad. Y su educación. «Son personas muy claras: si algo no les gusta, te lo dicen», sentencia. En definitiva, otra forma de ver el mundo.





