
La ilusión de Amaia es «estar ese día con la familia y los amigos de la catequesis», una actividad semanal a la que acude encantada porque «lo pasamos muy bien», comenta. Y es que en Arcaya la cita semanal con la preparación al sacramento no es con libros -detalla Mikel-, si no a base de muchas actividades en la calle o en el campo que enganchan a los chavales. «Cuando se portan mal el castigo es no ir a la catequesis. Mira si lo pasan bien», comenta el padre Josean Manzanos.
Profesor de Religión y Matemáticas en un colegio de Vitoria, este joven padre comparte con su mujer, Natalia, unas profundas convicciones religiosas. Misioneros en Quito nada más contraer matrimonio, ahora quieren que la Primera Comunión de sus hijos constituya una jornada especial «de convivencia», y «una fiesta creativa por la tarde» con los otros niños de la catequesis y sus familias.
Ratos de silencio
Para los Manzanos-Tirador, la experiencia de la catequesis «no está planteada sólo para recibir la Primera Comunión, sino para empezar a «interiorizar una forma de estar». En una sociedad en la que prima lo material, ellos quieren cultivar también «la espiritualidad» de sus hijos a base de pequeños ratos dedicados «a la oración, el silencio o la contemplación».
Su principal objetivo como padres es «educar en valores humanos». Sus palabra pueden sonar raras en un mundo lleno de ruido. Sus hijos son como otros niños cualquiera. Algo tímidos los dos mayores y un verdadero trasto, el pequeño. «Somos una familia completamente normal, sólo que tenemos una profunda fe».









