
Fue una pena, más que nada porque siempre es bonito mantener alguna llama encendida hasta final de temporada. Nadie en San Mamés quería bajar tan pronto la persiana. Pero así son las cosas. A falta de otras emociones, hay que resignarse y disfrutar de la tranquilidad reinante y de esa satisfacción un poco bellaca que da el comprobar que otros están mucho peor. Pensemos en el Getafe, Valencia, Valladolid, Osasuna, Zaragoza o Recreativo. Es lo que nos queda tras un flojo partido en el que, sin grandes alardes, manteniendo el tipo con firmeza y aprovechando los aguijonazos de Güiza, el Mallorca se llevó los tres puntos de Bilbao con autoridad. Lo cierto es que el Athletic exigió muy poco a los pupilos de Gregorio Manzano. La tropa de Caparrós nada tuvo que ver con la que enorgulleció a sus hinchas ante el Valencia o el Real Madrid. Del aquel bloque enchufado, temperamental y con ganas de comerse el mundo no hubo ayer ninguna noticia. Y hay que preguntarse por qué.
Interrogantes
Llegados a este punto, y descartando excusas peregrinas como que hacía mucho calor o que el viento había secado demasiado el césped, surgen varios interrogantes. ¿Será que el Athletic no cree de verdad en sus opciones europeas? ¿O es que, en el fondo, no les ilusiona la Intertoto? ¿O tal vez les confundió, con toda su carga ensoñadora, la publicidad de Viajes Iberia que lucía el Mallorca? ¿O acaso será que, después de tanto tiempo jugándose la vida en cada partido, lo que de verdad desean los rojiblancos es relajarse un poco y descansar de tanta angustia y tanta trascendencia?
Es posible que hubiera un poco de todo esto en la actitud del Athletic, que salió sin brío y, para cuando se enteró de que está jugando contra el Mallorca por un puesto en Europa, ya había encajado el 0-1. El tanto lo firmó Güiza, que dibujó un desmarque perfecto, pinchó el balón con maestría en carrera y fusiló a Armando. Fue visto y no visto, un gol de 'pichichi' que dejó helado al bueno de Gurpegui, un hombre que, a este paso, se va a ganar la santidad. O al menos una beatificación. Y es que, después de dos años con el pijama de rayas, los grilletes y la bola de presidiario, justo cuando recupera la libertad y regresa al fútbol feliz y en loor de multitudes, su entrenador le condena a jugar de central, una posición que no es la suya por mucho que su polivalencia confunda a algunos. El caso es que el de Andosilla ha tenido un regreso que podría considerarse una terapia de choque. Nada de entrar poco a poco. Desde el principio, a la jaula de los cocodrilos, a bailar con el equipo más goleador y con el delantero más certero.
Gurpegui, de todos modos, se fajó con su dignidad de costumbre y, al final, hasta pudo reencontrarse con su posición de medio centro. Hubo otros que estuvieron mucho peor. Por San Mamés deambularon ayer algunos jugadores que parecían enfermos como Yeste y otros a quienes se les intuye una cierta tendencia al despiste. Fue el caso de Susaeta, que no dio una a derechas, o de Garmendia, que empezó airoso y acabó en estado catatónico, regalando pases al rival. Hasta que un error de marcaje en un córner provocó el 1-2 en el minuto 70, el Athletic se sostuvo con la fortaleza de Amorebieta, la entrega de Del Horno y la omnipresencia de Llorente, que no sólo marcó el gol del empate sino que se dio una paliza monumental. El Athletic ya le busca como, durante más de una década, buscó a Ismael Urzaiz.







