Me dirán ustedes que tienen perfecto derecho a hablar por teléfono y en eso estamos de acuerdo, siempre que lo hagan sin molestar a sus vecinos de asiento (porque estas cascantas viajan sentadas) y sobre todo a los que, como este servidor de ustedes, aprovechan los viajes para disfrutar de instructivas y apacibles lecturas.
Es un axioma indiscutible en todos los órdenes de la vida, que el derecho de un ciudadano termina donde empieza el derecho del prójimo y que todo el mundo tiene derecho a realizar cualquier práctica legal (hablar por teléfono lo es) siempre que no moleste al prójimo. Y esto es lo que yo quisiera meter en la mollera de los cascantes (y sobre todo de las cascantas) telefónicos.
Hace unos días ocupé uno de los asientos libres sin darme cuenta de quién era mi vecina de asiento. Saqué mi libro, me dispuse a leer y de pronto note que era imposible la lectura, porque la joven viajera que estaba a mi lado se dedicaba con entusiasmo a charlar por el teléfono móvil en un tono de voz que me impedía totalmente la lectura.
Por fortuna había asientos libres y me cambié de lugar con un gesto que demostraba claramente mi fastidio. Y entonces sucedió un hecho curioso, porque la cascanta de turno me dirigió una mirada como de protesta, expresando con su gesto que tenía perfecto derecho a charlar por teléfono. Yo correspondí a su mirada con otra que también decía claramente que no tenía derecho a molestar al prójimo y acto seguido siguió cada cual con su tarea; yo leyendo apaciblemente y ella cascando en voz audible por sus vecinos de asiento.
Si usted lector, y sobre todo usted lectora, pertenece al grupo de los enganchados a la cháchara del teléfono móvil, ¿por qué no ensaya en su casa un sistema para hacerlo en voz baja? Le aseguro que es muy sencillo.





