Vivimos en el peor de los mundos posibles? ¿O en el mejor, como piensan quienes gozan de buena salud y una cuenta corriente saneada? Todo depende. La realidad cambia en el tiempo y en el espacio. Es relativista la realidad. Y tiene puntos negros, oscuros sótanos. En una entrevista concedida el año pasado, Javier Marías hacía una observación que les resumo a mi manera: señoras y señores, aquí está la realidad, aquí la imagen que tenemos de la realidad y aquí en medio, nunca mejor dicho, los medios de comunicación, una conexión entre nosotros y lo que nunca veríamos si no fuera por las cámaras y los reporteros y las pantallas y la prensa. Nuestro miedo, nuestro hartazgo, nuestro pesimismo crecen como consecuencia de las grandes dosis de violencia que percibimos en los medios. Es una realidad sobre la que no tenemos control y, puesto que nada podemos hacer, nos insensibiliza, pero «nos hace concebir el mundo como un lugar mucho peor de lo que lo han percibido todas las generaciones anteriores», decía Javier Marías. Y también que «seguramente lo es si uno conoce todo lo que pasa hasta en el último rincón, pero no en una vida normal, en la que uno recibe la dosis de horror y violencia que tenga la mala suerte de recibir». Pues sí, seguramente el mundo no es peor de lo que ha sido, sólo que ahora el mal se produce en mayores cantidades, puesto que nunca ha habido tanta cantidad de gente, y además está la gran red global por la que vuela la información y, con ella, una variada casuística de horrores. Nuestro mundo es un mundo de redes (pregúntenle a Eduard Punset) pero ninguna pudo salvar a Elisabeth Fritzl cuando se escapaba de casa porque su padre abusaba de ella y la Policía le echaba la red para devolverla al hogar, dulce hogar. La gran red de la comunicación difunde ahora el retrato robot del 'monstruo de Amstetten', del que se sabía que era un maltratador, un violador y un macarra aficionado al turismo sexual. Se sabía, pero no lo suficiente. Hay jueces (el que había juzgado por una violación a Joseph Fritzl, sin ir más lejos) que consideran que un violador no es un peligro para nadie, y menos para su familia. El mundo, en fin, lo que no hace es mejorar y, aunque la mayor parte de la gente no sea mala, los malos gozan de grandes oportunidades. Casi parece que se les protege. Ahora las autoridades austriacas quieren mejorar la imagen de su país. Podrían empezar ideando la forma de que la Policía no sirva para devolverle una víctima a su verdugo y un juez no envíe a un déspota maligno de vuelta a su hogar, a torturar a los suyos. No es la primera vez ni el único sitio del mundo en que sucede y sería muy provechoso para casi todo el mundo que dejara de suceder.