
Acebes, sobre todo, es un hombre de José María Aznar, su más fiel expresión en el aparato popular, el rostro que más se identifica con el pensamiento y obra del ex presidente del Gobierno. Compartió con él cuna política, Ávila, y mentor político, Feliciano Blázquez. Aznar le aupó de la alcaldía abulense a la portavocía en el Senado, donde reemplazó a Alberto Ruiz-Gallardón en 1995. Doce meses después se convirtió en coordinador general del PP, un cargo creado para que llevara las riendas del partido en ausencia del secretario general, Francisco Álvarez Cascos, ocupado en menesteres gubernamentales.
Tres años de callada y dura labor (acudió a numerosos funerales en el País Vasco por la ofensiva de ETA contra los concejales de su partido y medió en la crisis del PP de Asturias) tuvieron su recompensa en 1999 en forma de cartera de Administraciones Públicas que dejaba Mariano Rajoy. Si con Aznar compartió orígenes políticos, con el hoy presidente del PP también tuvo sus coincidencias: volvió a reemplazarle en Interior en 2002.
Entre medio, se hizo cargo del Ministerio de Justicia, desde donde sentó las bases de la Ley de Partidos Políticos. Su fidelidad hacia el ex presidente del Gobierno le colocó ante una tesitura de las que invitan a salir corriendo. Durante el congreso del PP de 1999, Álvarez Cascos, su jefe inmediato, pretendió introducir una enmienda para que nadie ocupara un cargo orgánico más de ocho años. Aznar le encargó desactivar el intento y lo hizo: con habilidad, pactó con el 'general secretario' una transaccional que descafeinó la propuesta inicial.
Los elogios hacia su persona son casi generales en el PP. Sólo en su feudo castellano-leonés -una vez más se repite lo de pueblo pequeño, infierno grande- encuentra detractores, temerosos de que el clan abulense intente el asalto al Gobierno regional. Algo que, al menos según sus más próximos, no figura en sus planes. Abundan más los calificativos de riguroso, eficiente, trabajador, discreto, buena persona; en definitiva, «el yerno que toda suegra quisiera tener», en palabras de un diputado de su entorno.
«Ángel, a veces»
Estas bondades, sin embargo, no impidieron que actuara con mano de hierro cuando la ocasión lo mereció. El en su momento poderoso Gabriel Cañellas acuñó el latiguillo de «Ángel, a veces», a raíz de ser descabalgado del Gobierno balear y de sus cargos en el partido por los enredos del túnel de Soller, decisiones en las que Acebes tuvo un papel determinante y que dieron pie a que sus compañeros se refieran a él como «Aveces» en las ocasiones en que eran conminados a actuar de una u otra forma. Tampoco se mordió la lengua en las controversias con Ruiz-Gallardón a propósito de sus ambiciones personales, y con Josep Piqué por sus veleidades filonacionalistas.
Su trayectoria, sin embargo, quedó signada por el 11-M. Tachó de «miserables» e «intoxicadores» a los que pusieron en duda la autoría de ETA, tesis que defendió a capa y espada hasta que la aplastante contundencia de las investigaciones hizo que templara sus palabras. Aquella matanza cambió su personalidad, afirman muchos de los que estuvieron cerca suyo en aquellos días. Se volvió más taciturno, transformó la discreción en agresividad y se convirtió en un opositor implacable que no dudó en echar mano de la sal gorda para descalificar al Gobierno. «El proyecto de Zapatero es el proyecto de ETA», «el espíritu del 78 está siendo sustituido por la incitación a recordar el 36» o «ETA apoya la reforma del Estatuto de Cataluña» son algunos de sus dardos de estos últimos años.
Esta transformación no fue óbice para que mantuviera hacia Rajoy la misma lealtad que tuvo con Aznar. «Es el mejor», llegó a decir el actual líder del PP. Pero las elecciones del 9 de marzo acabaron con todo. Acebes supo que a sus 49 años había llegado la hora de irse. ¿Su destino? Hasta junio, secretario general del PP.







