Sus piezas encadenadas (dos, ¿quizá tres?; ¿no!, sólo una, nos confirma el promotor) brotaron asaz similares, en la línea de lo que nos esperábamos, pero más versátiles de lo que auguramos. Gravitaron alrededor de los riffs musculosos, monocordes y mesolíticos que amalgamaban al unísono bajo, guitarra y batería. Un pum-pumm-pummm constante, conciso en el fondo, pero expansivo y reverberante en la forma. Un riff de prurito cataclísmico y de acoso pertinaz como el de los ejércitos de Von Manstein ante la fortaleza de Sebastopol, las huestes turcas machacando las murallas de Constantinopla o los persas marchando a cámara lenta contra los 300 espartanos de película.
Con técnica rupestre, incansables en el minimalismo ultrametálico y con la fémina Emilie (faldita ceñida) colando alaridos espectrales entre golpe y golpe, entre hachazo y hachazo, Monarch! fraguaron un volumen horrísono que empujó a la concurrencia (escasa) y la sacudió con sus mandobles exhalando una fisicidad hiperamplificada por la cual trepidó el esternón, se desordenó el costillar, se ablandaron los cartílagos, crujieron los articulaciones y aleteó el alma. Tal concierto hipnótico nos atrapó. ¿Estaremos involucionando?





