Los maridos es posible que no se dieran perfecta cuenta de la importancia de estos tres inventos. Me refiero sobre todo a los maridos de mi generación, que no se encargaban de las labores del hogar y no supimos valorar en todo lo que tiene de esfuerzo y sacrificio cotidiano la tarea de encender el fuego, de lavar la ropa a mano o de limpiar los suelos de rodillas.
El invento español de la fregona, aparentemente tan sencillo, fue el que manumitió a la mujer de la humillación de ponerse de rodillas para limpiar suelos, labor que yo llegué a valorar cuando en la mili me tocó muchas veces fregar escaleras. En cambio ningún sargento me obligó a lavar la ropa ni a encender el fuego, y por esa razón no pude valorar en su justa medida estas dos tareas domésticas que en aquellos tiempos eran exclusivamente femeninas.
Y como es posible que los lectores se pregunten a qué vienen estos comentarios, les diré que se me han ocurrido al leer una noticia retrospectiva sobre cierto invento japonés de los años sesenta. Los japoneses, tan aficionados a la innovación -Camilo José Cela les definió como «esos zascandiles que están llenando el mundo de transistores»-, lanzaron por aquellas fechas al mercado una nueva y sensacional lavadora que funcionaba sin motor y, por lo tanto sin electricidad.
La noticia llamó mi atención, pero al leer los detalles casi suelto la carcajada porque en realidad se trataba de una lavadora que en vez de motor funcionaba como los gramófonos, dando vueltas a una manivela. Eso si, aseguraban los inventores que la manivela necesitaba tan poco esfuerzo que hasta los niños podían hacerlo en plan de diversión.
Se ve que aquel inventor no conocía a los niños. Porque suponer que un niño se va a divertir una hora dándole al manubrio para lavar la ropa, me parece una opinión exageradamente optimista tirando a utópica.





