
-¿Cuál es el eje de su intervención?
-La exposición que se cierra con esta conferencia ha tenido como hilo conductor una expresión, casi una metáfora, que es 'la mirada iracunda'. Es un término sintético que el comisario Arakistain extrae de un libro mío, 'La política de las mujeres', de 1997. Allí apunto cómo aflora a la superficie en nuestra vivencia corriente un tipo de cólera que aparece reflejado en la mirada de las mujeres de una edad -30 años en este caso-, que antes no era visible. Se ha mostrado cómo esto se refleja en el arte feminista de los últimos años, en una exposición magnífica. Ha logrado traer piezas maestras del arte feminista de los años setenta y juntarlas con obras de artistas rabiosamente actuales.
-¿Es algo así como 'la furia del desengaño', al descubrir que se le limitan a alguien sus posibilidades?
-Parece que sí, que tiene bastante que ver con eso: hay una promesa incumplida. La gente que hace arte, por lo común, sabe sólo hasta cierto punto lo que hace. Más bien expresa que reflexiona, de forma que en el arte muchas veces lo que un mundo piensa de sí mismo antes de que ese mundo sepa que lo piensa. El arte lo ha expresado y sólo al verlo fuera decimos 'esto es realmente lo que pasa'.
-Y luego, tal vez se sistematice, analice y estudie.
-Exacto. Así es en muchas ocasiones. Entonces, hay que procesar qué es lo que el arte feminista está diciendo: si está mostrando tal cantidad de cólera y habida cuenta de que esas personas que crean no están unidas entre sí, no forman parte de un club, no se ven y de forma individual, en lugares muy alejados, hacen cosas muy parecidas, es que se está expresando algo que es más general.
-La expresión tiene ya una década. ¿Le resulta inquietante que siga teniendo vigencia hoy?
-Claro que sí. Pero aunque vivimos en Occidente, que es un tipo de cultura socialmente muy vinculada con el cambio -a diferencia de otras que prefieren la tradición-, es más fácil alterar las apariencias que tocar los valores profundos que dicen realmente qué es lo que debe hacer cada sexo y cuál es su sitio. Diez años no nos pueden dar la medida para establecer la paridad en todos los ámbitos. Pero también me asombra la velocidad: he visto hacerse factibles cosas que al principio parecían de sueño. Y yo confío en que en una o dos generaciones muchas cosas habrán podido cambiar. Sí es cierto que para quien tiene prisa, porque quiere vivir la única vida que tiene, es muy duro.
-¿Cómo es la labor del Consejo de Estado en el país de 'Dame dinero y no consejos'?
-Es probablemente la institución más antigua del país, tras la monarquía. Es el órgano consultivo más alto de nuestro ordenamiento jurídico, al que han de someterse muchas cuestiones antes de ser tramitadas como leyes. La facultad de dar una señal previa es muy importante, porque supone un criterio ponderado de salida. Alguien comentó que el Consejo proporciona a sus miembros, tal vez por contagio, una cierta capacidad de prudencia. Debe de ser verdad, ja, ja, ja...
Religión y violencia
-Tiene usted vínculos con el mundo del arte. ¿Piensa que quienes trabajan en la creación contemporánea son conscientes de las aportaciones de artistas feministas en campos como el vídeo o la fotografía?
-El arte feminista se ha visto obligado, en muchos casos, a transitar por caminos laterales. Te dejan el territorio de la innovación, pero te están quitando el central, el que está en el medio, donde se sigue produciendo el gran arte. Creo que hay que reivindicar ese territorio. Hay una gran capacidad de mezclar cosas o de hacer prácticas artísticas que antes no se hacían. Pero de vez en cuando me gustaría que en las grandes antológicas hubiera cosas en soportes tradicionales.
-Su último libro es 'Hablemos de Dios', escrito con Victoria Camps. ¿La relación con la divinidad es un tema inagotable?
-Es muy respetuoso con la religión, con conocimiento de causa pero guardando las distancias. Creo que la religión no va a desaparecer nunca. Pero el asunto crucial es lograr un pacto profundo para que la religión no se convierta nunca en motivo de violencia. Hay que llevar a las religiones a un estado de paz, con valores de otros territorios, como la democracia.







