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Náusea
09.05.08 -

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Consulta de un médico rural. Salita de espera como se espera que sea una salita de espera de médico rural: adecentadita, encartelada con carteles de campañas sanitarias. Está llena de pensionistas que se van contando en voz alta unos a otros sus dolencias. Son en su mayoría jubilados muy cascados pero con muchos añostambién. Abundan los males de huesos y abundan los bastones o muletas. No tienen nada que hacer, o no deberían tener faenas a edades tan provectas, con el esqueleto de cristal y el armazón corporal como el tronco de un árbol cansado. Un anciano se queja de vómitos. Y poco después todos al alimón se dedican al doctor. Que tarda mucho con cada paciente. Que resulta que el médico del pueblo se queda a escuchar las historias que le cuenta cada uno. Que si no duerme, que si no come, que si no siente las piernas, que si sus hijos están fuera, no pueden cuidarle, que si no quiere molestar, que si quiere estar en su casa de siempre, que si prefiere morir solo cerca de sus difuntos que rodeado de los problemas de los suyos, los vivos más queridos y echarles el problemazo de su vejez encima. Que si los tiempos han cambiado, doctor, pero es que no hemos cambiado nosotros.

Les duele todo. El ánimo lo que peor anda. Y el médico escucha de todos esos pacientes lo que nunca contarían a sus mujeres ya mayores como ellos o a los hijos alejados saliendo a flote en un mundo muy difícil. Don fulanito es el médico de cabecera y el psicólogo de cabecera y el psiquiatra sin diván, algo muy incómodo además. Le vomitan encima del alma mil miserias y penares. Pero todos los que aguardaban cita en los asientos de la antesala protestan y arremeten por la tardanza. Gasta demasiado tiempo con cada enfermo, denuncian. Claro, el médico titular supervisa recetas, diagnostica, aconseja, anima, traga dramas personales a manta que le dejan el espíritu hecho trizas y los mayores del lugar alzan su firme oposición a que dedique semejante atención individual. Y hablamos de gente de mucha edad que no tiene prisa o no debería tenerla. Nuestro mundo ha cambiado, seguro, pues ante una desgracia, una tragedia es el psicólogo quien llama a la puerta. ¿Cuántos psicólogos harían falta hoy para ese inconmensurable drama de Birmania?
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