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LUCAS RECKER, ALERO
El B-52
El destino le dio una segunda oportunidad que tardó mucho tiempo en asumir, aprovechar y agradecer
09.05.08 -

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El B-52
RUMBO AL BEC. Recker sobrevoló ayer la Feria de Ansio preparando lo que hoy espera sea un bombardeo de la canasta blaugrana. / FOTOS: BERNARDO CORRAL
El subconsciente de Lucas Recker se altera cada 10 de julio. San Cristóbal le tendió la mano años atrás para que siguiera su camino. Una segunda oportunidad que necesitó después de que un conductor borracho, con antecedentes por conducir ebrio hiciera que sobre él y su entorno se cerniera la más densa oscuridad. Un amigo muerto, su novia de entonces con el cuello roto y tetrapléjica y su hermano un año en coma y desde su despertar padeciendo las imaginables secuelas.

Recker también estaba en la lista, pero quiso el destino que una enfermera llegara a su lado con tiempo suficiente para taponar la fuga de sangre con la que se le iba la vida. Su cabeza estaba agrietada, una de sus orejas perdida en el escenario del siniestro. Menos mal que con el impacto se paró la grabación. No lo recuerda y quizá eso le haya permitido tirar 'palante', que diría el castizo.

Es consciente de que efectivamente, tiene una segunda oportunidad. Le costó mucho tiempo asimilar el motivo por el que él había sido el afortunado en aquella trágica carretera de Durango (Colorado). Un milagro que tuvo que aprender a agradecer. También cuenta desde entonces con un baremo distinto para priorizar las cosas de la vida. Antes, el baloncesto ocupaba el número uno de la lista. Ahora es un ejemplo de profesionalidad, pero son los suyos los que están en lo más alto del ranking. Su familia, Megan, «la mejor mujer que se puede imaginar. Por eso me ilusiona tanto el que vayamos a ser padres», dice casi cruzando la frontera de la emoción.

También le hace tragar saliva el cariño con el que es tratado en Bilbao. Lo aprecia porque no siempre fue así en su vida deportiva. Y es que Recker contaba con todos los parabienes rumbo al estrellato en la NBA. Su muñeca prodigiosa le catapultó a la categoría de bombardero, un B-52 en potencia. Con 15 años, se sabía de sus andanzas en los ambientes baloncestísticos. Era una estrella desde su pubertad en Indiana, adonde llegó a los 10 años procedente de su Ohio natal. Tanta atención concitó que todo dejó de ser natural. Su pasión por el baloncesto se resintió. No por el deporte en sí, sino por la repercusión que tenía todo cuanto hacía. Tampoco ayudó mucho que su relación con su entrenador en la Universidad de Indiana, Bobby Knight, no estuviera vertebrada en forma de cordialidad.

Proscrito

Decidió marcharse. Un fugaz paso por Arizona y el accidente que desvió su rumbo hicieron que encontrase cobijo en la cercana Iowa, donde su padre había residido. Un equipo de la misma Conferencia universitaria. Que su adiós había sonado a portazo hacía que Recker imaginara lo peor cuando tuviera que volver a visitar a su ex equipo. Pero la realidad, como es ley de vida, desbordó el cauce de su imaginación. Periódicos, radios y cadenas de televisión rememoraron su condición de proscrito. Le convirtieron en el enemigo público número uno.

Desde días antes de la fecha señalada, las cartas con amenazas e insultos se sucedieron. Se creó tal preocupación que le fue asignado un agente de seguridad personal durante su estancia en Indiana. Nunca supo asimilarlo. Fue saltar a la cancha y recibir las ráfagas sonoras de 17.000 gargantas clamando venganza. ¿Por qué?, se preguntaba. Si él no había tenido siquiera esa necesidad del ojo por ojo con el borracho que se cruzó en su camino. Ni en aquel momento, ni nueve años después, cuando salió de la cárcel. Si cuesta entender que el azar le elija a alguien, menos se entiende la naturaleza humana cuando quienes le adulaban de repente, por cambiar de aires en busca de más cantidad de oxígeno, le dieron la espalda en cascada.

Gracias. Las veces que sea menester repetirlo. Hasta por hacerle esperar casi dos horas para embarcarse ayer en el avión de Air Quality con el que sobrevoló Bilbao en una experiencia inolvidable. Guió el aparato y Oier Fernández, el piloto, tuvo que aconsejarle menor alegría a los mandos. Cuando estaba sobre el BEC sintió algo especial. Hoy se sabrá qué.
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