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SUSTITUIRÁ A Rijkaard
Pep Guardiola, el paradigma
Joan Laporta apuesta por el jugador que mejor representa el estilo que alumbró Johan Cruyff para reflotar a un Barça hundido y humillado

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Pep Guardiola, el paradigma
EL 4. Guardiola, el día de su despedida del Barcelona. / EFE
Si el Barça es más que un club, Pep Guardiola es más que un ex-futbolista con un palmarés extraordinario que incluye seis títulos de Liga, dos Copas del Rey, una Copa de Europa y una Recopa. Así se explica, por ejemplo, que el periodista argentino Matías Manna haya creado, desde Rosario, una comunidad virtual en torno al 'Nen de Santpedor'. Se llama Paradigma Guardiola y su antetítulo, a modo de explicación y reclamo para internautas, no tiene desperdicio: 'Modelo de pensamiento y convicciones futbolísticas de Josep Guardiola, mediocentro catalán, heredero de la filosofía de Cruyff y representante de la escuela holandesa y del ofensivo Barcelona'. Puede que alguno detecte en esta denominación una cierta grandilocuencia, pero lo cierto es que Manna da en el clavo. Porque Guardiola es, efectivamente, un paradigma, un ejemplo, el símbolo de un estilo de fútbol que es ya una parte esencial de la identidad culé.

De otro modo, es decir, si Guardiola fuese simplemente un gran ex-futbolista retirado -uno más entre tantos que ha tenido, tiene y tendrá el club blaugrana-, nadie, ni siquiera Joan Laporta en uno de sus arrebatos de megalomanía, hubiera pensado en él como el entrenador indicado para sacar al equipo del lodazal en el que se encuentra. Es más, una decisión de ese calibre, que supone ni más ni menos que confiar la regeneración de un bloque hundido y humillado a un técnico que se sacó el carnet de entrenador nacional hace un año y cuya única experiencia en los banquillos se limita a una temporada en el filial de Tercera, hubiese sido considerada no ya una 'boutade' del presidente sino, directamente, un insulto a la inteligencia de los socios. Vamos, que a Laporta le hubieran corrido a gorrazos.

Y, sin embargo, la directiva del Barça aprobó ayer por una amplia mayoría el nombramiento de Pep Guardiola como sustituto de Frank Rijkaard y esta decisión, lejos de provocar la irritación de una hinchada que lleva dos años tragando bilis, fue bien acogida por la 'gent' blaugrana. Es cierto que, desde algunos sectores del club, se ha defendido la necesidad de contratar a un entrenador con más experiencia -en las quinielas aparecieron Mourinho, Benítez y Laudrup-, pero la apuesta por Guardiola ha tenido pocos detractores. De hecho, apenas se han alzado voces críticas, algo muy sintomático teniendo en cuenta el estado de irritación general en el que vive el barcelonismo. Y ello se debe -¿alguien lo duda?- no sólo a la inteligencia y a los conocimientos de Guardiola, que es un caso raro de futbolista culto y leído al que dedican libros los poetas y es amigo de artistas y directores de cine, sino, ante todo, a su carácter paradigmático, a lo que representa en el imaginario culé.

La transformación

Llegados a este punto, es obligado hacer memoria; un poco de historia que nos permita situar al nuevo entrenador azulgrana en su debido contexto. Entre 1960 y 1990, el Barça sólo había ganado dos ligas, en las temporadas 1973-74 y 1984-85. Se trataba de una cifra ridícula para una institución de su potencial. Pero es que el club parecía prisionero de una maldición gótica. De nada valía que ficharan a los mejores futbolistas del mundo y a los entrenadores de más prestigio. El Barça no ganaba y se iba consumiendo, acomplejado, enfermo de derrotas y de un victimismo rampante que trepaba como la hiedra por el Camp Nou. La histórica pifia en la final de la Copa de Europa de 1986 disputada en Sevilla frente al Steaua fue un golpe bajo que muchos no pudieron soportar. En esa tesitura, el 'soci' comenzó a rendirse. En 1987, el coliseo blaugrana comenzó a sufrir los aforos más pobres de su historia: 30.000 espectadores.

Josep Lluis Núnez fichó entonces a Johan Cruyff. Corría el año 1988. El holandés, un mito viviente consciente de serlo, estuvo en el alambre durante sus dos primeras temporadas. De hecho, fue la victoria en la final de Copa de 1990 ante el todopoderoso Real Madrid de la 'Quinta del Buitre' la que le sostuvo en el cargo. Y es que Núñez no entendía que Cruyff estaba haciendo algo mucho más importante que ganar algún que otro título que le permitiera a él sentarse en el palco del Camp Nou sin que los socios le mentaran a sus antepasados de Barakaldo o le cantaran el 'Virolai' en hebreo. Cruyff estaba dando al Barça una identidad. Y no una identidad cualquiera, sino una identidad que venía a apoderarse del concepto de belleza en el fútbol. Ni más ni menos. De este modo, el técnico holandés no sólo acabó ofreciendo cuatro Ligas consecutivas y, por fin, un Campeonato de Europa, sino que transformó para siempre el alma culé, llenándola de orgullo. De ser el club acomplejado que se pasaba la vida mirándose las llagas que le hacían los malos de Madrid, el Barça pasó a convertirse en la referencia mundial del buen juego.

'Nuestro ADN'

Pues bien, Josep Guardiola Salas no sólo tuvo un papel activo muy importante como cerebro de aquel 'Dream Team' que hipnotizaba con su fútbol de toque, su velocidad y su ocupación imperial del campo, sino que acabó convirtiendose en su mejor embajador. Desde la atalaya del 4, un puesto medular que ha hecho escuela en La Masía (ahí están Xabi, Iniesta, Arteta o ahora Valiente), Guardiola ha abanderado un estilo de juego innegociable; tanto que lo ha puesto en práctica en todos los equipos en los que jugó tras retirarse del Barça: el Brescia, la Roma (lo poco y mal que le dejó Capello), el Al Ahly de Qatar o los Dorados de Sinaloa, que dirigía su amigo Juanma Lillo. «Ese estilo es nuestro ADN», llegó a decir una vez el de Santpedor, que vive un momento dulce. A sus 37 años, absuelto de su presunto delito de dopaje en Italia, acaba de ser padre por tercera vez -ha sido niña y se llamará Valentina-, y se dispone a coger las riendas del equipo de su vida y a levantarlo de sus cenizas. Su primera medida será encargar una buena limpieza del vestuario. Tras este obligado trabajo de higiene, dejará que corra el balón. Y es que nada como un buen rondo.
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