Medito, claro, en esas 270.000 sentencias pendientes en los juzgados de lo penal. Pienso en el resto de juzgados y me imagino que su situación no será muy distinta. Observo en los papeles algunas fotografías de jueces posando con expresión más o menos angustiada. Veo esas increíbles torres de expedientes en portafolios de alegres colores que se amontonan por todos los lados. Parecen crecer y avanzar como si fueran arrecifes de coral. Como si tuvieran la malvada intención de ocuparlo todo y atascar la descomunal maquinaria de la ley. Y en fin, no puedo menos que acordarme del viejo Sigmund Freud y de su idea del inconsciente. Ya saben, los sótanos de la conciencia. Las mazmorras de las pulsiones y los deseos más inconfesables. Según Freud, el inconsciente es 'lo oculto', 'lo reprimido', pero también 'la verdadera realidad'. Al menos, en el sentido de que muchos de los malestares y anomalías observables tienen su origen en procesos inconscientes pendientes de resolución. Metáforas aparte, ahora le ha tocado a la justicia y no está mal. Esta llamada de emergencia seguramente hará que se adopten algunas medidas que agilicen, aunque sea un poquito, el pando fluir de la ley. Pero supongo que en algún momento tendrá que tocarle también a la sanidad y la educación públicas. Que, por cierto, tampoco carecen de sótanos mal ventilados y viejos conflictos sin resolver. De todas formas, 270.000 sentencias son unas cuantas, puestas una encima de otra. Desde el punto de vista de la aritmética más elemental uno no puede evitar sospechar que, así como falta personal en los juzgados, también deben de faltar carceleros. Y por consiguiente cárceles. De unos pocos años a esta parte, estamos asistiendo a un fenómeno sin precedentes en la Historia de la Humanidad. Me refiero a las agresiones a profesores y médicos. Tanto el personal sanitario como el docente de los centros públicos, compiten en los titulares de prensa por el triste privilegio de ser la profesión que padece el mayor porcentaje de agresiones. Ninguna otra cultura, nunca antes, había desprestigiado, insultado y agredido a sus médicos y profesores. Es obvio que aquí está pasando algo. Ya sólo falta que los acusados agredan a los jueces. Y no me extrañaría verlo pronto. Algo en nuestra naturaleza nos impele a creer en el progreso y a confiar en que las cosas tienden a ir a mejor. El otro día, el paleontólogo Fortey decía que efectivamente en la Historia hay un movimiento hacia una mayor inteligencia. Pero no sé. Precisamente por eso, quizá no sea demasiado descabellado pensar que el inconsciente, el subterráneo de la irracionalidad, también tiende a hacerse más hondo y complicado a medida que avanzamos. Digo yo.