Polución, represión, seguridad alimentaria insuficiente, falta de transparencia, incluso críticas a la forma de elaborar el 'merchandising', y, ahora, un grave brote de fiebre aftosa. Los organizadores de los Juegos Olímpicos, que darán comienzo el próximo 8 de agosto, no ganan para disgustos. Habían asegurado que las ciudades en las que se celebrarán pruebas deportivas (Pekín, Shanghai, Qingdao, Tianjin, Qinghuangdao, Shenyang y Hong Kong) estarían blindadas contra todo tipo de adversidades y, justo cuando la antorcha olímpica entra en territorio amigo, sus promesas quedan en papel mojado. Ninguna de ellas está libre del brote, y dos de las más importantes, Pekín y Shanghai, acumulan más de 3.500 casos, aunque las autoridades aseguran que en la capital la enfermedad ya está controlada. En total han pasado casi tres semanas desde que comenzó la crisis, aunque los medios de comunicación sólo se han hecho eco desde hace unos diez días.
A pesar de todo, el Gobierno asegura que los Juegos Olímpicos se celebrarán en ciudades sanitariamente seguras. Los centros médicos están ya equipados con los últimos avances tecnológicos y se ha formado a parte de su personal para que sea capaz de atender a extranjeros.
En el campo de la seguridad alimentaria, y a pesar de que equipos nacionales como Estados Unidos ha decidido llevarse la despensa de casa, los organizadores de las Olimpiadas aseguran que la comida estará en perfectas condiciones. Las autoridades incluso prometen controlar la polución mediante el cierre de todas las industrias contaminantes, la eliminación de un millón de vehículos de las colapsadas calles de la capital, y hasta el establecimiento de baterías de artillería preparadas para disparar nitrato de plata a las nubes si es necesario provocar lluvia.