
EXPERTO
No es lo habitual. De hecho, Charney investiga y trata de combatir, desde la organización no lucrativa ARCA (que él fundó), otro tipo de delitos: los que atentan contra la seguridad de museos, iglesias y yacimientos y dan como resultado la llegada de las piezas al mercado negro. El escritor está en Bilbao precisamente para hablar del tema en las jornadas 'Aspectos jurídicos de las obras de arte robadas'. Charney aboga por la colaboración de todos los agentes implicados para acabar con este fenómeno, que no es nuevo pero que ahora lleva la marca de mafias organizadas que utilizan los cuadros como moneda de cambio.
Con estos ingredientes ha escrito 'El ladrón de arte' (Seix Barral), una novela en la que personajes y hechos de ficción describen los vericuetos de la conservación y el robo de arte. Pero lo interesante es saber algo más y Charney lo cuenta. No existen los grandes compradores de arte en el mercado negro. Este «es muy restringido» y «los cuadros que venden las mafias alcanzan sólo el 10% de su valor real y sirven como adelanto para pagar drogas o armas».
Si hay un robo de arte y se pide un rescate, «seguro que lo han cometido aficionados» que no pueden después colocarlo en el mercado negro. Así que necesitan deshacerse de su botín. Incluso gratis. «Es lo que pasó con los Munch que aparecieron en la calle», explica el escritor. Aunque suene a chiste, la psicología del criminal tiene su punto: a veces, el que se atreve a robar una obra muy conocida lo hace para dar un toque de atención a sus competidores. Es una manera de hacerse notar y demostrar su capacidad de apropiarse de lo ajeno. «Así ganan estatus dentro del sector las mafias poco conocidas».
Al ladrón de arte le puede además la imagen que tiene de la 'profesión'. Estos delincuentes pecan de ingenuos porque la televisión y la literatura les han hecho creer en algo que no existe. «Los ladrones presuponen que hay compradores particulares y roban para venderles a ellos. Pero en realidad no hay», continúa Charney. El estereotipo del ladrón refinado, no violento y que hasta apoya sus delitos en una ideología determinada se esfumó en los 60. Desde entonces, «sólo es negocio». Y violento además.







