El lehendakari sabe perfectamente que su posición lleva a la ruptura y a lo que el presidente de su partido ha denominado «choque de locomotoras». Por eso, lo que comenzó a pergeñar el jueves en la televisión fue el relato más conveniente para gestionarla en manera favorable a sus futuros intereses electorales. Se trata de crear un marco interpretativo en el que la ruptura y lo que luego venga se pueda achacar a la intransigencia de Rodríguez Zapatero, nunca a la del propio lehendakari. En este sentido puramente retórico hay que entender el hallazgo y utilización del «pacto de Loyola» como el contenido necesario mínimo de ese acuerdo inicial que reclama al presidente español.
El argumento entraña una cierta habilidad táctica, puesto que pone a los socialistas ante sus propias contradicciones, sobre todo las que derivan de haber negociado políticamente con la banda terrorista. Cuando se está dispuesto a dar algo a los violentos no es fácil explicar por qué no se puede dar eso mismo a los no violentos. Probablemente los socialistas nunca pensaron que el socio que les acompañaba en la mesa de Loyola utilizaría contra ellos lo que allí de común acuerdo proponían a Batasuna. Pero la política es así. Ahora les toca pasar el trago amargo.
Pero el argumento suena también a improvisación del último momento. Si el contenido del acuerdo que el lehendakari reclamaba era el del pacto de Loyola de 2006, no se explica que no lo haya revelado hasta ahora, en lugar de proponerlo claramente desde el principio del recorrido de su 'hoja de ruta' hace ya ocho meses. Aducirlo ahora, cuando ya sólo quedan días para ese acuerdo, parece más bien una pura escenificación del desencuentro.
Por otro lado, la invocación de Loyola no tiene demasiado recorrido, sobre todo porque al hacerla el propio lehendakari pretende subrogarse en la posición de los terroristas y adoptar un papel que no le corresponde ni de lejos. Él preside una institución legal y malamente puede esperar que un acuerdo diseñado para ser acordado entre fuerzas políticas parcialmente ilegales sea ahora convertido en un pacto formal entre dos gobiernos al margen de todo cauce constitucional. Sin hablar de las inconcreciones y ambigüedades de los borradores del pacto que circulan, que permiten múltiples lecturas. Pero lo más importante para restar toda eficacia al argumento es la perspectiva política española en la que está hoy situado Rodríguez Zapatero, una perspectiva en la que resultaría inaceptable revitalizar algo que «nunca existió». Mentar a los socialistas el proyecto de pacto de Loyola conduce derechamente a la ruptura, y el lehendakari lo sabe. Así que la conclusión es obvia: estamos en fase de creación de escenario para ella.
Fue nuestro presidente quien comparó el País Vasco con Tíbet en una reciente 'boutade'. Y, en cierto sentido, la metáfora tiene más contenido que el que seguramente pensaba. Porque a lo que asistimos es a una progresiva 'tibetanización' de la política nacionalista, que se niega a abandonar las altas mesetas y picos congelados de una región sellada e inaccesible a la evolución del mundo corriente. Una política que sigue interpretando la realidad a golpe de mantras y haciendo girar el molinillo de las oraciones sin fin: derecho a decidir, paz, conflicto secular, no somos parte de nada, y así eternamente. Ortega y Gasset señaló en su día cómo España había recaído en muchos períodos de su historia moderna en la tentación de 'tibetanizarse' frente a Europa y el mundo. Ahora es el mundo nacionalista vasco el que se complace en una visión del País Vasco como problema ontológico y sublime, que sólo en el nirvana de las grandes decisiones encontraría solución.
Frente a esta sublimación de esencias, la política de los socialistas parece ser precisamente la de bajar el balón al suelo, la de no entrar al trapo de la disputa de esencias sublimes ni aceptar el choque de trenes. Colocarse en otra vía y esperar a que la ley de Murphy desarrolle todas sus potencialidades: cuando un partido político comienza a desnortarse y sentirse inseguro, tenderá a cometer progresivamente más y más errores, basta con dejarle hacer. Lo que no conviene, en ningún caso, es subir al Tíbet.











