«El batacazo se escuchó hasta en el piso décimo, al principio pensaron que era una bomba», recuerda dos meses después. Aquel estruendo la persigue desde entonces. «Me despierto de repente pensando que vuelvo a estar allí, fue horrible». «Tengo la pierna llena de clavos», lo que le obliga a moverse en una silla de ruedas. Ella fue la herida más grave. Sufrió una fractura de tibia y peroné, de la que tardará meses en recuperarse. «Se le rompió el hueso en siete pedazos», describe de forma gráfica su hija Maite. Además, tuvo un traumatismo craneoencefálico y «el codo abierto».
Reclamación
La mujer, de 64 años y origen gallego, que además es diabética, está «muy desmoralizada». «La pierna me duele muchísimo; lo he pasado fatal», lamenta. Desde un primer momento, tanto ella como su familia buscaban respuestas. «Queríamos información técnica, saber qué había pasado. ¿Cómo era posible que a un ascensor nuevo, que se supone que es el más moderno y rápido, le pase algo así? Y encima en un hospital», se pregunta Maite. «Me dio rabia que dijeran que era leve, cuando fue algo muy gordo. Si el aparato llega a ser de cristal o va con más gente habría habido muertos».
«El golpe tuvo que ser tremendo, se les quedaron las marcas del techo grabadas en la cabeza».
La afectada presentó, el pasado 7 de abril, una reclamación ante Osakidetza, como prestataria del servicio, aunque ésta ha sido trasladada a la compañía de seguros del ascensor, Zurich. Se trata de una demanda administrativa por responsabilidad patrimonial, en la que aún no ha podido cuantificarse la cantidad reclamada porque todavía no se conoce el alcance de las secuelas.
Además de las lesiones físicas, el accidente le dejó un trauma. Julia «ha cogido pánico a los ascensores. Si montamos en uno me coge de la mano», dice su hija. Maite le acompañaba aquel día en el hospital, pero ella, «como era sólo un piso. decidió «subir andando». Eso le salvó.





