
Ya ha preparado su breve equipaje para volver a Vitoria Jesús Ramón Martínez de Ezquerecocha, de 73 años. «Mi sucesor, un franciscano ecuatoriano, toma posesión el 24 de mayo, así que a finales de mes estaré ya en Álava», cuenta este misionero que ha dirigido la diócesis de Babahoyo (Ecuador) desde 1994. Natural de Junguitu, asegura que a diferencia de los que saltan el charco para «hacer las Américas», «yo vine sin patrimonio y vuelvo sin patrimonio». Y de eso hace 44 años. Entonces «sobraban curas. Ahora faltan», dice.
Es hora de balance y se vuelve con un «sabor agridulce», relata, satisfecho por lo hecho y con pena por lo que deja atrás. «Ecuador es mi segunda tierra y durante cuatro décadas ha sido la primera». Un país muy duro para un europeo con 43 grados de temperatura a la sombra durante el invierno y no menos de 20 en el verano, con mosquitos que transmiten todas las enfermedades posibles.
Al padre Jesús, título que prefiere al de monseñor, le duele su tierra ecuatoriana, rica en recursos pero con el 98% de la población en situación de pobreza, agigantada por inundaciones y fenómenos naturales como las corrientes de El Niño. «Esa realidad es la que te hace apostar por un tipo de iglesia, la de los pobres, la de las comunidades de base que son tan importantes. Aquí la riqueza está en manos del 2% de la población».
Renuncia antes de plazo
Aunque ha renunciado a la mitra antes de tiempo -el Derecho canónico lo marca a los 75- no piensa jubilarse y pedirá a Miguel Asurmendi su reincorporación a alguna parroquia que pueda necesitar de sus servicios. Sólo deberá recuperarse antes de las huellas que ha dejado en su cuerpo el trópico.
El pasado 12 de abril, fecha en la cumplió 75 años, Luis María Pérez de Onraita, escribió la obligatoria carta de renuncia como obispo de Malanje, una región situada al norte de Angola. El nuncio no le ha contestado todavía. Ha llegado la hora del adiós, pero como en las cosas de la Iglesia los tiempos son diferentes, el prelado alavés de Gauna no tira la toalla. «Al contrario, estoy trabajando en nuevos proyectos como la reconstrucción de la misión de Cuale que fundamos en 1959 con otro compañero, Honorio Ruiz de Arcaute. Se han instalado curas nativos y misioneros y religiosas mexicanos. También estamos construyendo aulas escolares con dinero de una fundación de las inmobiliarias españolas y hemos puesto en marcha un proyecto de formación para la mujer gracias a la cooperación española», cuenta Pérez de Onraita, que llegó como sacerdote a la ex colonia portuguesa en 1959. ¿Con 26 añitos!
Y es que el prelado alavés es como una hormiguita que va recogiendo dinero de todos lados para levantar uno de los países más pobres de la tierra. El Gobierno vasco, la Junta de Castilla y León y, por supuesto, la Diputación alavesa, están en la larga lista de instituciones que envían ayuda económica a la diócesis de este obispo alavés.
«Surge la vida»
«Todavía queda mucho por hacer y vivo una contradicción porque mi tiempo se acaba pero estoy lleno de proyectos, sin perder la ilusión a pesar de los años», revela. La novedad es que las misiones se llenan ahora no de sacerdotes vascos, que ya no hay, sino de otros procedentes de América, donde los seminarios están llenos, o de África. «Europa se repliega, pero surge la vida por otros caminos. Vienen de México, Brasil, Perú o Colombia. Lo que significa que la vida continúa. Yo estoy confiado», concluye.
La misión de Lábrea está situada en el centro del Estado de Amazonas (Brasil) cuya capital es Manaos. Su extensión es de 229.0001 kilómetros cuadrados, la mitad de España, y su población apenas de 80.000 habitantes esparcidos a lo largo de miles de kilómetros de ríos. La totalidad de la misión está ocupada por la selva amazónica. Los agustinos recoletos trabajan en ella desde 1925. Ese es el horizonte de Jesús Moraza, de 63 años y natural de Araia, obispo desde 1994, pero con más de 30 años trabajando en la misión.
Podría ser una tierra bendita, el famoso 'El dorado' que buscaban los conquistadores españoles, pero entre las dificultades climáticas, la injusta situación social en la explotación del caucho, los 'meninos da rua' o el ser refugio de los leprosos del país, la vida no es nada fácil en estas latitudes. La violencia entre los propios indígenas se llevó por delante a la hermana agustina Cleusa Coelho en 1985. Su cadáver lo recogió el propio Moraza.
El obispo alavés se ha dedicado en lo profundo de la selva a devolver la dignidad de los pobres, especialmente a los niños, a través del Centro Esperanza. Más de mil niños abandonados en las calles y otros procedentes de bandas han encontrado en este lugar un motivo de esperanza. Se les da formación profesional para que aprendan un oficio y la educación primaria y secundaria que les falta. En medio de la selva, Jesús Moraza puso como lema de su obispado una frase de San Agustín: «Dame lo que mandas y manda lo que quieras». La disponibilidad absoluta, uno de los principios de los misioneros.
De Coras al Vaticano
El último alavés que ha obtenido la dignidad de obispo -de una sede simbólica, Civitate- es un sacerdote del Opus Dei con un currículo impresionante que ocupa 15 folios. El vitoriano Juan Ignacio Arrieta Ochoa de Chinchetru, de 57 años, estudió en Corazonistas desde párvulo e hizo Derecho en Pamplona. Numerario de la organización creada por San Josemaría Escrivá, es uno de los grandes especialistas del mundo en Derecho canónico, el que estudia las particulares leyes de la Iglesia. Durante 30 años ha dado clases de esta asignatura, una actividad que ha compaginado con la pastoral en parroquias. Esa gran preparación académica es la que le llevó a ser nombrado por el nuevo papa Benedicto XVI secretario del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, uno de los 20 dicasterios (ministerios) en los que se divide el Gobierno vaticano.
Monseñor Arrieta visita con asiduidad Vitoria, donde residen sus padres y donde mantiene una gran cuadrilla de amigos. El nuevo obispo confía en que el bache de vocaciones sacerdotales que atraviesa la Iglesia europea se supere. «El señor tiene sus caminos. Hay agujeros negros y otros lugares de gran esperanza donde antes no había nada», sostiene.









