
-Vuelve a Eibar después de 20 años. ¿Qué recuerdos tiene?
-Cada vez que he ido a torear al País Vasco he tenido una muy buena acogida y Eibar no fue una excepción. Siempre me ha dado la sensación de estar en sintonía con el público vasco.
-Ahora llega a un festival organizado por una comisión taurina de aficionados, ¿qué le parece?
-Me parece una labor muy positiva la que están haciendo en Eibar. Además, según tengo entendido son aficionados muy jóvenes, con lo cual tiene más mérito todavía. No es fácil que los jóvenes tomen la iniciativa a la hora de organizar festivales de toros, por lo que los aficionados de Eibar pueden estar contentos por ello.
-Su forma de torear se puede definir como clásica, ¿no es cierto?
-Sí, en cierta medida sí. No porque yo lo decidiera, si no que me tocó por generación. Vengo de una generación en la que el clasicismo era tarjeta de visita. No es que yo haya creado un estilo, es el concepto del toreo en el cual yo me crié. Yo me defino como un torero de oficio, un torero largo que se dice ahora.
-¿Pertenece a una generación ya extinguida?
-Pienso que todo es cíclico. Ahora esta de moda otro tipo de toreo, basado en una tensión menos estética, pero pienso que es una moda pasajera. De todas formas, creo que el toreo no tiene porque ser clásico ni heterodoxo, lo más bonito es que fluctue en una y otra dirección y que el público sepa disfrutar de estos cambios.
-Usted es muy querido por los aficionados más puristas. ¿Qué sensaciones tiene por ello?
-Creo que se debe a que llevo muchos años toreando y creo que en todo este tiempo he sido muy fiel a mis conceptos del arte del toreo, y al final lo que prima en esto y en todo en la vida es la honestidad y en este sentido, he llevado una trayectoria de 30 años muy clara y muy vinculada al concepto de honestidad.
-¿Cómo ve el estado de salud del mundo del espectáculo de los toros?
-Bien, pero con preocupación. No hay que engañarse. Se organizan ferias y hay gente que acude, pero para buena parte del público no es más que un acto social. Además, si vemos el porcentaje de gente que va a las plazas respecto a la población total, vemos que desde hace 50 años, la población se ha doblado y no hay una correspondencia con el número de aficionados a los toros. Creo que el mundo del toreo goza de buena salud, pero pienso que no hay que ser muy optimista ni echar campanas al vuelo porque realmente se está cerrando el círculo del aficionado.
Banalización
-¿Qué le preocupa del toreo actual?
-Veo que el mundo del toreo hoy en día está sumido en un proceso de banalización que no le hace ningún bien. Creo que se deben respetar todas las liturgias que se realizan en los ruedos, y que el torero debe tener un respeto absoluto por el público y por el toro.
-Los toreros más famosos no son los que mejor torean, sino los que más salen en televisión, generalmente en programas del corazón. ¿No banaliza esto al toreo?
-Todos los toreros tratamos de tener una imagen, de ser un producto que venda en un cartel. Eso sí, todos deberían procurar que esa imagen que das fuera de los ruedos no se traslade dentro.
-En su opinión, lo de ser torero ¿se lleva en la sangre o se aprende?
-Creo que hay una serie de atractivos que te invitan a conocer el mundo de los toros, pero por supuesto quien quiera ser torero tiene que tener una serie de cualidades innatas, que se pueden ir puliendo. Creo que el torero subyace, está latente en el individuo, y que únicamente hay que despertarlo. No todos tienen esas aptitudes y entre los que las tienen no todos saben despertarlas.
-Además de torero, es usted pintor, como Ignacio Zuloaga, el homenajeado en el festival eibarrés.
-Mejor mantengamos las distancias. Yo no soy más que un aficionado a la pintura el lado del maestro Ignacio Zuloaga. Yo estudié Bellas Artes, podría estar pintando pero al final me decanté por el toreo. Pero también saco tiempo para la pintura, es parte de mi panorama vital.





