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ANÁLISIS
Con derecho a roce
11.05.08 -

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Europa ofrece a Serbia un noviazgo con derecho a roce que le parece insuficiente. Siempre ha mirado con desprecio y temor a un país que también es Europa, aunque sueñe con llegar a serlo de verdad. Mejor dicho, está a punto de dejar de hacerlo porque cree inútiles sus esfuerzos y desconfía de las ofertas de integración, que considera una añagaza para hacerle olvidar la mutilación de Kosovo. Detrás hay una historia de desencuentros insufrible, primero los bombardeos de 1999, después y cuando el país parecía hallar el camino, el asesinato del primer ministro Zoran Djindic en marzo de 2003, poco más tarde la separación de Montenegro en 2005 y, el pasado 17 de febrero, la independencia de Kosovo. En todo este tiempo, lamenta Jelica Minic, del Movimiento Europeo, los serbios no han notado «un firme apoyo europeo», lo que explicaría su escepticismo hacia la UE. Son muchos los que ven las elecciones de hoy como un referéndum sobre la provincia sediciosa.

Serbia no ha evolucionado gran cosa desde la desaparición de Milosevic. Nos empeñamos en ignorarlo, pero todavía es un país refugio de criminales de guerra, como el general Mladic y el psiquiatra Karadzic. La ex comisaria europea Bonino se fue a casa desesperada sin haber logrado su entrega, y, hasta ayer, las engañosas relaciones de la UE con el país balcánico sólo perseguían como propósito poner a buen recaudo a genocidas, ejecutores a sueldo de Milosevic, amantes como él del renacimiento de una Gran Serbia y contribuyentes netos a la ruina de la región y a su limpieza étnica.

Después de la guerra y gracias a nuestro desdén, Serbia ha asimilado un notable sustrato radical. La mayoría de sus ciudadanos, defraudados por una corrupción rampante, el empobrecimiento, su soledad y el espejismo de una UE inalcanzable, se ha echado en manos de los extremistas para vergüenza de nuestros dirigentes y regocijo de Rusia, que ha podido romper así la corriente de empatía centroeuropea hacia Washington y sus proyectos militaristas, como la instalación de su célebre escudo antimisiles, tan denostado por el Kremlin. El primer ministro, Vojislav Kostunica, se ha montado en esa ola de satanización de los enemigos de Serbia y amigos de un Kosovo independiente, entre los que se incluye a la UE, y ha impulsado ese espíritu nacional contestatario que devuelve el país al pistolerismo y a su tradicional espíritu nacional, origen, en buena parte, de las últimas guerras.

El momento es crítico: «Serbia es un país lleno de paradojas», que pueden llevar a los radicales al poder como expresión de rechazo a la entrada en la UE, porque «Serbia ya forma parte del continente europeo y eso es una realidad», ha dicho Elena Pavlovski, del departamento de comunicación del SRS (Partido Radical Serbio).
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