
El estamento militar, que se ha mantenido neutral en estos últimos días de conflicto entre milicianos chiíes de Hezbolá y Amal y las milicias suníes fieles a Saad Hariri, acató las órdenes de Siniora y a las pocas horas tomó la determinación de volver a legalizar la red de telecomunicaciones de Partido de Dios al sur del país y restaurar en su cargo a Wafic Chucair, jefe de la seguridad del aeropuerto de Beirut, que fue cesado de sus funciones acusado de espiar para el partido de Nasrallah. Hezbolá ganaba la batalla y cumplía con su palabra de retirarse de las calles, que quedaban de nuevo en manos de los militares.
El pulso tiene un ganador, Hezbolá, y un perdedor, el Gobierno, que se esconde tras los muros del Parlamento y espera que las tropas conserven su neutralidad por largo tiempo y medien entre ambos contendientes para que ninguno salga perjudicado.
Ciudad fantasma
A última hora de la tarde, las calles seguían vacías. La única presencia humana era la de los militares y la de los milicianos chiíes. Cada uno en su lugar, respe- tando las distancias, sin buscar la confrontación y llevando poco a poco el relevo. Los primeros, uniformados y tensos. Los segundos, más informales y con gesto tranquilo, la tranquilidad de quien se sabe ganador. El olor a quemado seguía impregnando la noche beirutí y el jolgorio de los sábados no asomaba por ningún lado. Beirut ha sido una ciudad en guerra durante cinco días. Ha sido un golpe de autoridad de Hezbolá que ha sorprendido a las milicias leales a Saad Hariri, líder del Movimiento de Futuro, la principal fuerza del bloque antisirio en el país, que en ningún momento pudieron plantar cara.
El partido de Dios, el célebre 'estado dentro de un estado', rompió con esta máxima y tomó el mando de Beirut, un gesto que a muchos les retrotrae a los recuerdos de la terrible guerra civil que sufrió el territorio entre 1975 y 1990.
Mientras que la situación se estabilizaba en la capital, en el norte de Líbano, en las cercanías de Trípoli, los combates entre seguidores de Hariri y formaciones prosirias no cesaron en todo el día y produjeron al menos una docena de muertos. La única carretera de acceso a Beirut era precisamente la de la costa, que cruza Trípoli, por lo que los coches volaban a su paso por la ciudad portuaria bajo el silbido de las balas.







