Al día siguiente de la entrevista se hizo además público el documento que el lehendakari envió al presidente del Gobierno, para su conocimiento, se supone, ya que no, por lo que parece, para su negociación. En él sí, más que en la proclamación de la candidatura de Patxi López, cabe ver el inicio prematuro de la campaña, con programa electoral incluido. Y es que sólo como tal programa puede interpretarse lo que el lehendakari ha impreso en ese documento. Las mismas formas que lo han rodeado, prescindiendo, por el momento, de otras consideraciones de fondo, dan a entender que no nos encontramos ante una propuesta para el diálogo y el acuerdo, sino, más bien, ante una toma unilateral de postura con vistas a la próxima contienda electoral.
Comencemos por lo más llamativo. El documento, como su autor se ha encargado de subrayar, incorpora, párrafo arriba, párrafo abajo, lo que ha venido en denominarse 'los papeles de Loyola'. Mucho hay de chocante en esta incorporación. Puede decirse, por ejemplo, que se trata de un argumento tardíamente sobrevenido, toda vez que la 'hoja de ruta' del lehendakari, sobre la que se suponía iba a darse la negociación con el presidente Zapatero, ni siquiera los mencionó. Pero lo realmente sorprendente de la incorporación reside en que unos papeles que reflejan el contenido de unas conversaciones privadas, y hasta secretas, mantenidas, además, en la situación límite de lograr el final del terrorismo, sea ahora aireado en público por uno de los interlocutores en contra precisamente de quien en aquel momento se consideró su más fiel aliado.
De muy poco elegante, cuanto menos, puede calificarse tal comportamiento, amén de desleal para con quien pretende ser ahora el destinatario de una supuesta oferta de negociación. No era éste el modo de proceder al que el PNV nos tenía acostumbrados. Ni podrán quejarse tampoco sus líderes si quien hoy recibe el ultraje los incluye en adelante entre los interlocutores de muy escaso fiar.
Por otra parte, el documento que se envía al presidente está redactado, no como una propuesta para el debate, sino como un auténtico contrato de adhesión. Así me presentó a mí el notario la hipoteca para mi firma, si bien tuvo la deferencia de leérmela primero en persona y en voz alta, en lugar de enviármela por correo y exponerla, al mismo tiempo, en la puerta de su casa para conocimiento general de quien por delante de ella pasara, como Lutero clavó, en 1517, sus famosas noventa y cinco tesis a la entrada de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg.
Cualquiera podrá concluir, ante este proceder, que, como en el caso del reformador protestante, nos encontramos más ante una proclama desafiante de la propia postura que ante una oferta de negociación. Las formas revelan a veces, mejor que los propios contenidos, cuáles son las intenciones de su autor.
Ha comenzado, por tanto, la nueva campaña, y no un proceso abierto e incierto de diálogo. Se ha puesto, además, de manifiesto en qué términos desearía el lehendakari desarrollarla. Todo indica que el victimismo del eternamente incomprendido, así como la consiguiente confrontación entre la Euskadi dialogante y la España intransigente, volverán a ser el leitmotiv. El lehendakari pretende reproducir así su gesta de abril de 2001.
Pero las cosas han cambiado. No sólo no existe hoy el frente españolista de entonces, sino que aquella experiencia épica del nacionalismo ha ido erosionándose en sucesivas elecciones. Queda además por saber si todo este diseño no se irá al traste antes incluso de comenzar a ponerse en práctica, cuando el próximo 27 de junio el pleno del Parlamento vasco se pronuncie sobre los planes de Ibarretxe. Será un momento decisivo.
Porque, no nos engañemos, es a los parlamentarios de EHAK, más que a Zapatero, a quienes va dirigido el documento que Ibarretxe acaba de presentar. De éste conoce ya el no; de aquellos, en cambio, todavía espera el sí. De su voto dependerá, por tanto, que la esperada confrontación con España se mantenga o se convierta, por el contrario, para el lehendakari en una prematura derrota en propia casa. Las consecuencias de esta segunda alternativa serían imprevisibles.











