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EDITORIAL
Sociedad de consumo
11.05.08 -
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La desaceleración económica, refrendada por los recortes en la previsión de crecimiento y el empeoramiento del empleo, ha tenido una inmediata traducción en la percepción ciudadana. En abril, la confianza del consumidor español descendió en 9,6 puntos respecto al mes anterior, convirtiéndose en la más baja desde septiembre de 2004. La evolución del euríbor, situado en sus límites más altos, y el encarecimiento de los alimentos, con subidas en los precios de productos básicos por encima del 20% en el último año, avalan esta prevención generalizada. La vivienda, y más en un país con vocación de propietarios, y la cesta de la compra son, sin duda, los factores claves para la estabilidad económica de los hogares. Y es evidente que en torno a ellos deben calibrarse los umbrales de necesidad. Pero la crisis que empieza a golpear no lo hace sobre la misma sociedad que las anteriores.

De hecho, una familia media española dedica ya menos de la mitad de su presupuesto doméstico a alimentarse, vestirse y hacer frente a los gastos derivados de su vivienda. Un dato elocuente si se tiene en cuenta que hace cuarenta años ocho de cada diez pesetas se dedicaban a cubrir estos requerimientos. El desarrollo vertiginoso del Estado, que ha asumido servicios fundamentales - la educación y la sanidad, entre ellos-, el incremento de los recursos económicos de la unidad familiar por la incorporación de la mujer al trabajo, y el menor tamaño de los hogares están en la base de esta profunda y acelerada transformación. Y su consecuencia es una sociedad consumista que siente satisfechas sus necesidades básicas, que ha modificado sus hábitos y sus prioridades y que cree que el ocio y el cuidado personal forman parte importante de su calidad de vida. Un retrato tipo, por supuesto, que no debe esconder la existencia de un reseñable grupo de ciudadanos desfavorecidos y que malviven en los límites de la pobreza y cuya atención debe ser prioritaria en las actuaciones institucionales. Esta nueva manera de entender la vida, menos esclava del trabajo y más ansiosa del tiempo libre, marcará de forma notable la percepción de los ciudadanos ante los tiempos críticos que se avecinan. Un modelo que, según los expertos, goza de salud, y que tendrá en el imparable aumento de la población mayor su desafío de futuro.

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