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El oro verde
11.05.08 -

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Al Gore, el profeta del cambio climático, orilló a un segundo plano la política medioambiental en su campaña presidencial del año 2000. Sus asesores le dijeron que ese tema no importaba al ciudadano medio, y que podía darle una imagen alejada de los problemas reales de la gente. Seis años más tarde, su libro y documental 'Una verdad inconveniente' levantaba tal pasión que condujo a Gore a la obtención del premio Nobel de la Paz. El cambio climático y las energías limpias se han convertido en el nuevo tótem social, y hay quien en un ejercicio de improbable política-ficción propugna la candidatura de Al Gore como solución demócrata ante la sangría interna que augura el duelo Obama-Clinton tras el resultado del pasado martes en Carolina del Norte e Indiana.

En uno de sus primeros actos como presidente, George Bush retiró en 2001 el apoyo de Estados Unidos a la regulación de emisiones a la atmósfera contenida en los acuerdos de Kyoto. A lo largo de su presidencia, la reducción de gases emitidos, el ahorro energético y el impulso a las energías limpias han estado fuera de sus prioridades. Sin embargo, ahora se está tramitando en el Senado norteamericano la llamada ley Lieberman-Warner para la reducción de emisiones y el establecimiento de un mercado de carbono que regule la compra-venta de los derechos de emisión. El objetivo, reducir para el año 2050 a la mitad el CO2 emitido en la actualidad. El propio presidente Bush parece lanzar destellos verdes en su último año de presidencia. El pasado 16 de abril preconizaba la necesidad de reducir las emisiones de gases que provocan el efecto invernadero. ¿Qué ha pasado para que se dé semejante transformación?

El 29 de agosto de 2005 se producía el huracán más devastador en la historia de Estados Unidos. Mil ochocientas personas murieron y la ciudad de Nueva Orleans desapareció bajo el agua tras romperse los diques que la protegían. Sería muy aventurado e inconsistente establecer relaciones directas entre las emisiones de gases y esta tragedia, pero la misma puso sobre la mesa el debate medioambiental. Hoy, este tema está en la agenda del país más poderoso del mundo.

Se conoce como 'rust belt' o cinturón de óxido al área que va desde los grandes lagos hasta Nueva York. Es la región que ha acogido la industria pesada y manufacturera estadounidense y que desde hace ya décadas sufre el cierre de empresas y la pérdida de empleo. Es la profunda amargura que definió hace veinte días Obama en un desafortunado discurso que contribuyó a su derrota en Pensilvania frente a Clinton. En ese mismo cinturón de óxido, en Michigan, el republicano McCain apostó por adaptar la vieja industria automovilística de Detroit a los nuevos cánones de bajo consumo para no desaparecer en la competencia con Asia y Europa. McCain planteó la necesidad de sustituir los empleos industriales perdidos por los que la industria de la energía renovable está ya creando, convencido de que seguir soñando con que el automóvil los volverá a crear es sencillamente una quimera.

¿Por qué se han convertido ahora los republicanos a la fe del medio ambiente y la energía limpia? En el Partido Republicano conviven tres corrientes de fondo: los conservadores religiosos, los 'halcones' preocupados por la seguridad nacional y el papel de Estados Unidos en el mundo, y los defensores del libre mercado y la empresa. Para los primeros, el medio ambiente significa preservar un legado que nos trasciende; para los segundos, la energía renovable es seguridad de suministro y fortaleza nacional en la medida en la que disminuye la dependencia de Estados Unidos respecto a áreas inestables, Oriente Próximo por ejemplo; para los terceros, volcados en la economía, las energías limpias, con un barril de petróleo a ciento veinte dólares, son la gran oportunidad para que a través de la movilización tecnológica Estados Unidos lidere la industria del medio ambiente y la energía renovable en el mundo. Tres razones diferentes que llevan a McCain a asumir ese discurso.

En el caso demócrata la apuesta es también consistente. Obama ha hecho del cambio climático y las energías limpias uno de los ejes de su campaña. El apoyo que en las últimas semanas Bill Richardson, gobernador de Nuevo México y abanderado de lo verde, ha dado a Obama, hace presagiar que una administración demócrata puede hacer del cambio climático y la promoción de las energías limpias uno de los ejes fundamentales de su acción de Gobierno. Prioridad que se mantendría en la improbable hipótesis de que Hillary Clinton fuese la nominada demócrata.

Pase lo que pase en noviembre, preparémonos para que Estados Unidos pase de ser el gigante que arrastra las piernas, a ser el líder implicado en la lucha contra el cambio climático, y en el tractor de un esfuerzo sin precedentes en el mundo en el ahorro energético y el impulso a las energías renovables. Hoy, energía es política internacional. Y los temas complejos de la agenda internacional están vinculados a la crisis de oferta energética en un entorno de aumento de la demanda, llámese Irak, Venezuela o Irán. Una política estadounidense orientada a reducir la demanda y a aumentar su oferta renovable disminuirá de forma drástica la dependencia energética y la vulnerabilidad de Estados Unidos en el mundo.

Es una oportunidad para un país como el nuestro, que ha sido pionero en el ahorro energético y en la energía renovable. Si apostamos por mantener y promocionar un marco regulador favorecedor de estas energías y nos volcamos en la investigación tecnológica hacia este sector, estaremos permitiendo que nuestras empresas sean aquellas que mejor puedan liderar este nuevo tiempo en el mundo. Es posiblemente la mejor oportunidad que tenemos para mantener niveles industriales de empleo de calidad en los próximos tiempos. No hablo de macropolítica o de macroeconomía. Hablo del empleo de la siguiente generación.
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