
«El año pasado, un millón de personas participaron en España en acciones por algún caso de violación de derechos humanos», explica Beltrán. AI-España tiene 50.000 socios, que se han convertido «más que en una organización, en un movimiento», una auténtica «red de acción globalizada».
Una red que se va tejiendo con el apoyo a nombres presidenciales -el checo Vaclav Havel, la asesinada Benazir Bhutto de Pakistán, el nigeriano Olusegun Obasanjo-, pero también a miles de personas casi anónimas; con el respaldo a premios Nobel de la Paz -el ruso Andrei Sajarov, Aung Sang Suu Kyi en Myammar, la iraní Shitrin Evadí, Wangari Maathai en Kenia- y de Literatura -el turco Orhan Pamuk-, pero también a muchas personas de a pie. La Sección Española no esperó a consolidarse para ampliar aquel activismo global con la defensa de presos de conciencia como Liber Seregni, líder histórico de la izquierda uruguaya y el ex presidente argelino Ben Bella.
Hijo de la solidaridad
Antes incluso de que naciera la Sección Española, Amnistía Internacionalla ya incluía nombres españoles. En su artículo fundacional de 1961 'Los prisioneros olvidados', el abogado británico Peter Benenson citaba a su colega socialista vitoriano Antonio Amat, encarcelado sin juicio por buscar una coalición de grupos democráticos, y al profesor universitario Enrique Tierno Galván «y sus amigos literatos», que se libraron de condena por la «llegada de importantes observadores extranjeros». Poco después, la publicación 'Amnesty' destacaba la figura del 'poeta de la libertad' Marcos Ana, seudónimo de Fernando Castillo Macarro y uno de los primeros presos políticos que AI consiguió liberar en España.
Marcos Ana llevaba 23 años en la cárcel. Ahora, a los 88, todavía bromea diciendo que en realidad tiene 65, porque los de prisión no los cuenta. Para salvar la cara ante la campaña internacional a favor de aquel joven comunista, la dictadura franquista aprobó un decreto con condiciones de excarcelación que sólo él cumplía. «Cuando salí, lo primero que hice fue fundar en París el Centro de Información y Solidaridad con España que presidió Pablo Picasso», explica tras recordar a otros amigos solidarios como Pablo Neruda, Rafael Alberti o Louis Aragón.
Se confiesa agradecido a Amnistía, «no sólo por mí, sino por lo que sigue haciendo por otros». Salmantino de Alconada, Marcos Ana no duda en declararse «hijo de la solidaridad»". Por eso sigue dando vueltas por el mundo -sus próximas escalas son Argentina y Chile¯ «para que la pena de muerte no sea posible en ninguna parte» y para alertar contra «odios y rencores», sentimientos que no alberga porque «me sentiría profundamente desgraciado si me refugiara en ellos». «La venganza -prosigue- no es un ideal político ni un fin revolucionario. Yo he sufrido por una vida que elegí, luchar por los demás, y mi única 'venganza' sería que mis ideales salieran triunfantes».
Entre los primeros casos españoles de Amnistía estuvo otro comunista condenado a muerte, Narcis Julián Sanz, primer preso político al que la organización pudo visitar en las cárceles franquistas. Y no faltaron nombres tan conocidos como el de Albert Boadella y Els Joglars. Otros casos saltarían al primer plano cuando AI asumió su defensa, a veces junto a otras asociaciones e instituciones.
Le ocurrió a Joaquín José Martínez, condenado en Estados Unidos a la pena capital por un crimen que no cometió y que «estaba ya en el corredor de la muerte cuando empezó a recibir cartas de apoyo de socios». Después de ver evaporarse a quienes creía sus amigos y de «haberse sentido solo con sus padres y su familia frente al sistema de un país injusto», la solidaridad de AI-España, partidos y personalidades le permitió recobrar la esperanza, que se confirmó con el nuevo juicio y la anulación de la condena.
Ahora es él quien, sin hacer caso de ofertas televisivas, agradece aquel esfuerzo con su propio compromiso con los derechos humanos, que le ha llevado a «revivir los pasos de mis padres» y a acudir a la Embajada estadounidense con firmas contra la pena de muerte







