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Sociedad

EL PERSONAJE

CHRISTINA ROSENVINGE
Barbie superstar
11.05.08 -

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Barbie superstar
MIKEL CASAL
Christina Rosenvinge es algo así como la extranjera ideal de nuestros sueños adolescentes. Tiene un asombroso parecido con Nicole Kidman y el mismo tipo de belleza lánguida y sofisticada, propia de una actriz de película francesa, inglesa o nórdica. Delicada y frágil, mantiene intacto su aspecto de eterna primera juventud. En sus actuaciones, no es un asunto menor para los espectadores mirarla cuando se echa hacia atrás la melena rubia, con un armonioso gesto de su cuello, mientras toca el piano o la guitarra.

Después de varios tirabuzones en su carrera, con triple salto mortal incluido, la crítica ha acabado por adorarla. Está en las antípodas del éxito comercial, y muy cerca de lo que llamaríamos «una cantante de culto». Todo lo contrario de lo que sucedía cuando daba sus primeros pasos. Debutó en la cosa del artisteo como modelo adolescente, con una estética de Lolita muy trabajada. Decidió juguetear en el mundo de la música con el grupo 'Ella y los Neumáticos'. Después, asumiría el papel de princesita traviesa y dulce en 'Álex y Christina'. Cuando el zapato de cristal empezó a incomodarle, se calzó unas botas camperas para adoptar una pose más rockera y rompedora, con 'Christina y los subterráneos'. También la recordamos haciendo de mujer fatal en un videoclip en el que conducía un descapotable mientras cantaba «dile a papá que me voy de la ciudad».

Nuestra cantante favorita demuestra tener una asombrosa capacidad para reinventarse. Es alguien que consigue unir con naturalidad mundos aparentemente opuestos. Presentó un programa de televisión, interpretó un papel muy cortito (poco más que un cameo) en una película infame y pretenciosa de su ex marido, Ray Loriga. Cultivó la imagen de mujer atormentada y paseó sus larguísimas piernas por el underground alternativo... Se ha reciclado tantas veces que es casi imposible llevarle la cuenta de todas sus vidas.

La hemos visto vestida de hippy o de pionera del Far West, en la onda de las cantautoras folk de los sesenta y setenta, con faldita de cuadros, semidisfrazada de colegiala adulta y hasta de rockera castigadora adicta al cuero. Uno no se sorprendería si la viera vestida de faralaes, o entonando una jota aragonesa, meneando la cintura con los brazos en jarras. Caben al menos dos interpretaciones extremas a su multifacética carrera: o bien es una artista poco complaciente consigo misma -asegura que cambiaría tranquilamente el ochenta por ciento de las cosas que ha hecho- o le obsesiona tanto estar en el candelero que se presta a cualquier cosa.

No canta, susurra

A pesar de que pueda parecer una 'barbie' más o menos frívola -no canta, susurra-, de sus canciones (las escribe ella) se desprende que es una mujer con lecturas, y que por eso recibe múltiples influencias. No hace mucho que ha vuelto de Nueva York, adonde emigró en el 98 después de finalizar el contrato con su discográfica, «estaba segura de que la música que quería hacer no tenía futuro en Europa». La apuesta le salió redonda y, después de consolidarse en el circuito de salas de conciertos neoyorkino, algo no muy diferente a salir a hombros por la puerta grande de Las Ventas, ha grabado tres discos. El mismísimo Lou Reed fue a verla a uno de sus conciertos (a verla y también a oírla, suponemos). Su primer disco americano, 'Frozen pool', llegó a editarse después en el Japón.

Ahora, otra vez soltera, forma la pareja 'indie' del momento con Nacho Vegas, quien le está ayudando a salir del bache de su reciente separación. Nacho es uno de los mejores cantantes y compositores alternativos del panorama español. Juntos han grabado un minidisco con el que, por fin, tras treinta años de carrera musical, Cristina Rosenvinge ha alcanzado el difícil equilibrio entre calidad y comercialidad. Canciones como 'No lloro por ti' son un mensaje más que evidente a su ex. En otra, Vegas le tira los tejos, como el que no quiere la cosa, a la chica más rubia de nuestros sueños adolescentes: «Y tu voz, esa voz y tu pálida piel y ese brillo en tu pelo de trigo. Con ese otro brillo que imagino tras tu abrigo».
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