Mi relación con 'El templo maldito' es más compleja. Llegó a mis manos, antes que como otra película, como uno de mis primeros cómics. En efecto, la primera secuela de las aventuras de Indiana Jones no alcanzó a mi infancia en Cabezón de la Sal, pero sí la adaptación al cómic publicada por Planeta Agostini. Antes de verla en televisión había leído la adaptación (rijosa, atropellada y pobre) cientos de veces. ¿Recibí una importante lección de narrativa y secuencialidad al percibir las diferencias entre el original y el derivado? Lo dudo, en aquella época lo excitante llegaba con cuentagotas, y cada brizna de entretenimiento, aunque fuese confeccionado con prisas, se recibía con un júbilo desbaratado, análogo al de los niños indios en la secuenciafinal.
Y 'La última Cruzada'. Es el pase de Indiana que recuerdo con más cariño. Ahí ya era un espectador de la nueva era, ya había devorado revistas y me había empapado de eso que ahora se llama 'spoilers'. Entre las cuestiones geográficas y económicas, apenas íbamos al cine juntos en mi familia. Que yo recuerde, es la única película que he visto en una sala con mi madre y mi hermano. Y esta vez lo recuerdo todo. Insistí como un maníaco. Cogimos el tren a Torrelavega. Nos lo pasamos en grande. Todo el viaje de vuelta estuve repasando la película en voz alta, como si ellos no la hubiesen visto conmigo.
Ahora llega 'El reino de la calavera de cristal', y me descubro más escéptico, más difícil de embrujar. Nunca me he dejado arrastrar por la nostalgia, y prefiero llevarme por las liturgias que se remiten al presente que dejarme embrujar por la marea de recuerdos que me emparenta con toda una generación.
Pero no puedo negar la fuerza con la que Indiana Jones ha estado siempre presente, desde los misterios de la sala oscura a la que entras de la mano, al hastío de las ediciones especiales en DVD. No me cuesta imaginarme como un anciano, viendo la octava entrega de la saga, protagonizada por un Harrison Ford recreado en 3D, supongo. Y, como en el 81, no me entero de nada. Y a la salida del cine le doy la tabarra a mis nietos.







