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Sociedad

RELACIONES HUMANAS

BUENA EDUCACIÓN
Morales antes que modales
Ese conjunto de formalismos que llamamos buena educación evita que sucumbamos a la barbarie, pues nos ayuda a compartir, respetar y convivir
11.05.08 -

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Morales antes que modales
Todos estamos de acuerdo en las ventajas de la buena educación, pero hay un problema: que cada cual la entiende a su manera. El que actúa de forma obsequiosa para unos, para otros resulta un pesado; en determinadas circunstancias, un comportamiento exageradamente amable puede causar la impresión de que hay gato encerrado y de que tarde o temprano nos pedirán una respuesta con intereses añadidos; una palmada en la espalda hace amigos pero también despierta recelos porque es interpretada como abuso de confianza. Y es que en materia de cortesía nunca se sabe cómo acertar, porque los códigos varían no sólo según culturas, sino en el seno de grupos humanos reducidos e incluso de un individuo a otro.

¿Hay entonces alguna pauta de conducta para evitar los equívocos? ¿Podría reconocerse en todos los bien educados del mundo un común denominador, detalles externos aparte? Para saberlo sería preciso aclarar antes si la buena educación reside en los signos externos de cortesía o pertenece a la esfera de las actitudes más profundas, si se resuelve exclusivamente en los enunciados de nuestros actos comunicativos o, por el contrario, es una actitud de fondo que implica un compromiso de orden ético para con los demás.

En 'La importancia de llamarse Ernesto', Oscar Wilde puso en boca de un personaje la expresión «maneras antes que morales» («manners before morals»), que apuntaba a la hipocresía de las clases altas en la Inglaterra eduardiana. Esta buena educación basada exclusivamente en las maneras contempla el trato humano como un conjunto rígido de reglas eficaces para salir del paso en situaciones difíciles o comprometidas, desde la invitación a una comida de alto copete hasta el encuentro en el ascensor con un desconocido. Antepuestas a las normas morales, las maneras (los 'modales') son ortopédicas y fingidas, simuladoras y engañosas. Pero ni siquiera entonces están de más si contribuyen a hacernos la vida más llevadera. Hay quien es educado porque le resultaría insoportable actuar al dictado de una 'sinceridad' o 'autenticidad' conforme a la cual todos dijeran lo que verdaderamente piensan de los otros o hicieran aquello que les indicasen sus impulsos. Educación como autorrepresión, pues. Pero ¿acaso no es esto también una actitud moral?

«Usted primero»

La decadencia de la buena educación en una sociedad donde ya nadie trata a sus mayores de usted ni les cede el asiento en el autobús está lejos de encarnar un supuesto ideal democrático, como a veces se nos pretende hacer creer. Es un síntoma más de nuestro creciente egoísmo, por más que se lo quiera pintar como un simple cambio producto de la evolución de las costumbres, como un tránsito de vieja rigidez autoritaria a la refrescante llaneza igualitaria.

Ese conjunto de formalismos que llamamos buena educación evita que sucumbamos a la barbarie, o por lo menos nos hace la vida más agradable. De ahí su naturaleza moral, además de formal. Quizá la convivencia civilizada pueda resumirse, como señalaba el filósofo Emmanuel Levinas, en una sola frase: «Usted primero». La cesión del espacio propio. La entrega de una parte de nuestro tiempo. Una frase que implica el reconocimiento del otro como entidad existente, como ser digno de consideración, como persona merecedora de respeto.

Aprender unos preceptos de cortesía, por sofisticados que sean, resulta una tarea al fin y al cabo sencilla. Sirva de ejemplo el caso de Eliza Doolittle: la ruda florista encarnada por la inolvidable Audrey Hepburn en 'My Fair Lady', que se transforma en pocos meses en una refinada dama de exquisitas maneras merced al trabajo de instrucción del profesor Higgins, de quien aprende a caminar con elegancia, a guardar el protocolo en la mesa y a pronunciar las frases elegantes de rigor para triunfar en sociedad. Pero si esa metamorfosis, según la ideó Bernard Shaw en la obra original ('Pygmalion'), se produce de verdad, es porque en el fondo la florista era una mujer de nobles sentimientos y hondas convicciones humanas.

La buena educación es una opción moral más que una adquisición cultural: es la que transmite el aprecio por los otros, la importancia que les concedemos en el trato y en la comunicación, el respeto por sus circunstancias, el hecho de que los tenemos en cuenta, y en definitiva la conciencia de que somos seres sociales e interdependientes. Aquí reside su auténtica condición moral. Por eso hablar hoy de una asignatura denominada 'Educación para la ciudadanía' es en cierto modo un pleonasmo, puesto que si para algo debemos ser educados es para compartir, respetar, convivir y ser tolerantes: ciudadanos, en suma. Las formas vienen después. No hay que temer si desconocemos los códigos concretos de urbanidad que rigen allí donde vayamos, mientras seamos capaces de exteriorizar a través de nuestros actos el reconocimiento que nos inspiran los demás.
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