
El tiempo ha dejado su huella en este grupo y, por desgracia, no podrán verse todos de nuevo. De los 94 que iniciaron su formación profesional en el centro, sólo han confirmado su asistencia en torno a una veintena. «Muchos ya han fallecido y, en otros casos, su salud es precaria; ¿Caramba, que tenemos entre 81 y 83 años!», reconoce uno de los organizadores del evento, Jaime Urkizu. Por ese motivo, el de los achaques de la edad, han decidido que ésta sea la última vez que se junten a recordar su pasado, «aunque algunos esperamos durar mucho tiempo más».
La alegría, en cualquier caso, será la nota predominante del encuentro. Como si retornasen al primer día de clase, en febrero de 1942, unos meses más tarde de lo habitual en la docencia «porque las obras de construcción del edificio se retrasaron un poco». Fue aquel un curso intensivo, marcado sobre todo por la novedad de la experiencia y la incertidumbre ante el futuro. No en vano, era la primera vez en la comarca que una empresa del tamaño de AHV apostaba por formar a sus propios profesionales a través de un centro específico. Y lógicamente, los elegidos fueron los hijos de los trabajadores.
«Nos enseñaban la dinámica y los entresijos de todos los talleres de AHV hasta encontrar el que mejor se nos daba», recuerda Urkizu. Fundición, calderería, electricidad, tornos, hojalatería, forja, ajustes... Después de dos años de exigente aprendizaje y, con apenas 17 años, se convertían ya en una mano de obra especializada de primera calidad.
El resultado fue sorprendente y pronto la escuela de aprendices pasó a ser en un referente formativo a nivel nacional. Incluso su labor fue reconocida por una orden ministerial en 1953. De ella salieron expertos como José Trigueros García, uno de los maestros modeladores de fundición más jóvenes que trabajaron en la empresa, «y otros grandes profesionales que, en su trayectoria laboral posterior, han copado puestos relevantes en diferentes empresas vascas y españolas».
Fuga de talentos
También se convirtió en una cantera de la que sacaron un inmejorable provecho el resto de compañías relacionadas con el sector. La fuga de talentos pasó a ser algo habitual en AHV y, de hecho, «muy pocas promesas de esta promoción acabaron trabajando en la casa». La razón era bien sencilla. «Los sueldos que se pagaban en otros puestos de trabajo eran entonces mucho mejores», reconoce Urkizu. Él mismo alcanzó la jubilación en la General Eléctrica.
No sería hasta la década de los sesenta cuando esta situación se invertiría, «en tiempos del gerente Boada, que optó por eliminar la mayoría de los gastos auxiliares y aprovechar ese dinero para subir las nóminas». La pena es que en aquella época la escuela de aprendices había iniciado ya la recta final. Cerró sus puertas definitivamente en 1969 y el vetusto centro dejó de albergar talleres formativos para convertirse en un privilegiado edificio de oficinas.





